Las rojas durante el franquismo: Una historia de represión y violencia

En contraposición a la Sección Femenina de la Falange, las mujeres denominadas peyorativamente por el franquismo como rojas, poseían un perfil y una ideología situados en el polo opuesto al de la SF. Estas mujeres, que fueron perseguidas por el régimen, solían tener inclinaciones hacia la izquierda política, eran militantes de partidos y sindicatos clandestinos, simpatizantes de la república, socialistas, comunistas o anarquistas, e incluso muchas de ellas adquirían tal denominación al ser familiares de vencidos o tener relaciones de parentesco o sentimentales con hombres de la izquierda. Esto último, de hecho, llevó a la “concepción familiar de delito”, en la que una de estas mujeres podía ser juzgada por el tribunal franquista por el mero hecho de ser familiar de vencidos y/o opositores del régimen franquista, lo cual no ocurrió en viceversa.[1]

Mujeres anarquistas de la organización Mujeres Libres/CGT

Estas mujeres experimentaron una gran represión y la violencia ejercida contra ellas fue absolutamente bárbara. Al margen de sus ideas políticas su perfil cívico era totalmente heterogéneo y entre las procesadas por el tribunal franquista desde los comienzos y a finales del régimen, figuran estudiantes, trabajadoras, obreras, integrantes de asociaciones culturales o vecinales, e incluso mujeres de clase media.[2] Sus delitos, además de su perfil político, eran, generalmente, tener vínculos con el PCE; acusaciones de repartir propaganda comunista; haber participado en actividades guerrilleras o por haber ocultado a familiares, vecinos o compañeros sentimentales en sus casas durante la Guerra Civil, entre otros motivos de diversa índole.

Mujeres obreras contra el régimen franquista

Las torturas recibidas fueron de tipo social, físicas y psicológicas, pues esta consistió en golpearles las plantas de los pies con porras de goma; recibían golpes con varillas de acero; palizas delante de sus familiares más jóvenes; sus cabellos eran arrancados a tiras; golpes en la mandíbula con la finalidad de provocar un perjuicio en su dentadura; obligada ingestión de aceite de ricino; quemaduras en los pechos; pisotones en los pies con zapatos claveteados; retorcimiento de las extremidades; aplicación de descargas eléctricas, o cortes en el vientre, al que le aplicaban sal y vinagre, para posteriormente obligarlas a caminar a base de latigazos con la finalidad de divertir a los falangistas.[3] Esta situación tenía lugar en las breves detenciones y su objetivo era el de conseguir información de los perseguidos y de las organizaciones políticas clandestinas.

El famoso aceite de ricino al que obligaron ingerir a las mujeres contra el franquismo

En cuanto a la represión y violencia psicológica, esta consistió en el ostracismo social a las rojas; el rapado con paseo obligado ante el pueblo incluido, para mayor escarnio; las divorciadas durante la república fueron obligadas a regresar con sus maridos durante la dictadura; muchas jóvenes fueron forzadas a asistir a homenajes de soldados; otras fueron obligadas a limpiar Iglesias dada su condición de ateas, además de la limpieza del cuartel de la guardia civil por su condición antibelicista o su antiautoritarismo, especialmente el de las anarquistas, etc. [4]Sin embargo, uno de los tipos de violencia más ejercido sobre estas mujeres fue el que poseía tanto el componente físico como psicológico, es decir; la violencia sexual.

Mujeres republicanas y represaliadas por el franquismo, las cuales fueron rapadas y obligadas a posar realizando el saludo fascista

Está constatado bajo testimonios de las mujeres que sufrieron las consecuencias del franquismo en sus propias carnes, que los oficiales de las cárceles abusaban sexualmente de las mujeres de los presos prometiéndoles a cambio de servicios sexuales una serie de favores que proporcionarían ayuda a sus maridos, favores que, por supuesto, nunca se cumplían. En otras ocasiones eran forzadas a prostituirse para poder entregar paquetes de comida a sus maridos presos, e incluso de no someterse a tales abusos, no podrían visitar a sus compañeros.[5] Además, dada la poca inserción de las mujeres en el mundo laboral, y la precariedad económica de la posguerra, muchas de estas mujeres, dedicadas al hurto y a la mendicidad, se vieron obligadas a ejercer la prostitución. Estas prácticas, de hecho, estaban vistas por el franquismo como un mal menor y una necesidad fisiológica del varón, promoviendo con ello dos peligrosas y denigrantes ideas: en primer lugar, que las mujeres eran objetos sexuales al servicio de los hombres, y en segunda instancia, que todas las rojas eran prostitutas. A mediados de la década de los 50, la prostitución se ejerció clandestinamente porque fue prohibida, pero dicha actividad no cesó.[6] Tampoco la sanción moral a las mujeres, tal y como ocurrió con las maestras.

Prostitutas en la Valencia franquista. Fotografías de Joaquín Collado.

El magisterio primario sufrió una depuración abrumadora. La figura de las maestras (y de los maestros), anteriormente considerada un gran agente de socialización que incrementaría y mejoraría la capacidad del alumnado, pasó a ser considerada una figura de control social y adoctrinamiento, por tanto, las maestras que quisieran conservar su puesto, debían prolongar su rol como madres y extrapolarlo a la escuela con sus alumnas, adoctrinándolas en su futura vida destinada al hogar y a la maternidad. Esto significa que las niñas y las muchachas serían adoctrinadas en valores religiosos, patriotas, patriarcales y androcéntricos, a través de los cuales interiorizarían la idea de que la mujer debe estar supeditada al varón dada su supuesta inferioridad física e intelectual. Como es evidente, se estableció una clara división en cuanto a la socialización según el género asignado en base a los genitales de cada sujeto, lo que favorecía una mayor separación entre hombres y mujeres, y alimentaba el patriarcado institucionalizado traducido en las escuelas segregadas por sexo. Las maestras depuradas, en consecuencia, fueron todas aquellas consideradas transgresoras por  adoptar el rol activo en la vida social y política. Se las acusaba de ser contrarias a la Iglesia Católica, de practicar el amor libre, de estar solteras de mantener un matrimonio civil, de no vivir con sus esposos e hijos, de ser rojas, y en definitiva, de transmitir a sus alumnas una conducta moral reprobable a los ojos de la dictadura.[7] Si bien es cierto que también se depuró a muchos maestros, el porcentaje de maestras depuradas es mucho más amplio y ellas fueron sometidas a mayor escarnio.

Una maestra durante la República junto a sus alumnos antes de la depuración franquista del magisterio español, depuración especialmente femenina

[1] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista Ed. Comares S.L Granada, 2013. pág. 13

[2] Ibídem pág. 14

[3] ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo págs. 40-43

[4] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista op. cit., págs. 4 y 31

[5] ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo pág. 126

[6] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista op. cit., págs. 18 y 19

[7] Ibidem págs. 63-69

Bibliografía:

NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista Ed. Comares S.L Granada, 2013.

ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo Ed Intervención Cultural, Palma de Mallorca, 1994.


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