Pintura romántica francesa: Eugène Delacroix (1798-1863) Jean-Louis André Théodore Géricault (1791-1824)

Los dos máximos exponentes de la pintura romántica francesa, son, por excelencia, Delacroix y Gericault, que destacan especialmente por recurrir a la temática histórica o heroica.

Delacroix nació a finales de la Revolución Francesa, y por ello, ya desde niño, conoció de primera mano los sucesos acontecidos durante el Imperio Napoleónico, lo que se puede entrever claramente en sus cuadros. Sus viajes le llevaron a poseer un estilo y unas técnicas concretas, así pues, en su visita a Inglaterra, extrae la técnica de los extraordinarios pintores ingleses a partir de una exposición que tuvo lugar en el año 1824.

Eugène Delacroix, fotografía de Pierre petit.

A su viaje a Marruecos le debe su interés por los misterios de oriente y la luz y el color utilizados por los orientales, ya que se quedó maravillado ante los palacios y los mercados de dicho país, especialmente por la ornamentación tan brillante y colorida de estos lugares.[1] Los historiadores del arte, coinciden en describirlo como un hombre de carácter complejo, que rechazaba las normas artísticas academicistas y la imitación del arte clásico, mostrando una clara preferencia por lo oriental; además de esto, en la pintura, para él debía predominar el color sobre el dibujo, y la imaginación sobre la razón. Dadas estas características de su pintura, y a través de la observación de sus obras, podemos deducir que no tiene un especial interés por los contornos ni por mostrar una anatomía perfecta, tal y como sí hacían los autores cuyas preferencias eran imitar el modelo clásico.[2] Parece que los verdaderos objetivos de Delacroix son los de mostrar al espectador un instante, un momento trágico lleno de movimiento. Pese a que Delacroix no recibía de buen grado el apodo de pintor rebelde por su rechazo a la academia y su pintura innovadora, este alias se lo debe al poeta y también crítico del arte Charles Baudelaire, cuyas críticas hacia sus obras fueron notablemente positivas.


Eugène Delacroix “La libertad guiando al pueblo” (1830) Museo de Louvre, París. (Explicada abajo)

Las obras más importantes de Delacroix son, sin duda, “Masacre de Quíos” (1824) “La muerte de Sardanápalo” (1827-1828) y “Caballería árabe a la carga” (1832) donde nos muestra su gusto por lo árabe u oriental, y se percibe ese colorido llamativo frente al dibujo, y la captura del movimiento y la teatralidad del instante representado.

«La muerte de Sardanápalo» de
Eugène Delacroix, 1827 Museo del Louvre, París.

Pero sus obra más emblemática es “La libertad guiando al pueblo” (1830) que representa la escena de los hechos revolucionarios y en cuyo centro está presente una figura femenina que los historiadores del arte han coincidido en describir como una alegoría a la famosa Victoria de Samotracia, que para Delacroix encanaría la idea de libertad.[3] En este cuadro también se puede percibir la presencia de bruma o humo, el predominio de colores cálidos y oscuros, la preferencia del color frente a los perfectos contornos de las figuras allí representadas, y también el horror de los sucesos violentos en las expresiones casi teatrales de algunas de las siluetas del cuadro y la presencia de cadáveres en este.

Retrato de Théodore Géricault por Alexandre Colin, 1816.

Géricault, por su parte, nació en el tercer año de la Revolución, y creció y se desarrolló en el contexto social e histórico-político del Imperio Napoleónico y la Restauración Borbónica, en sus momentos de mayor inestabilidad. Esto, por supuesto, afectará considerablemente a Géricault y a su forma de proceder en cuanto a la creación de sus obras, y preferencias técnicas, temáticas y estilísticas. Si observamos sus obras, podemos percibir su preferencia por el color frente a las líneas y los contornos exactos, tal y como ya hemos visto con Delacroix. Su pintura también se caracteriza por no tener cabida el reposo, donde las figuras presentes en sus cuadros están siempre en movimiento y la tensión del instante o escena representada. Le interesa el dinamismo, la fuerza y violencia del movimiento, y está fuertemente influido por el dramatismo propio de la pintura barroca, característica propia del romanticismo y que resulta extraña no percibir en alguno de los autores de este estilo artístico.

Géricault no muestra ningún interés por los modelos y normas clásicas, y por lo tanto, hace especial hincapié en la expresividad; pero si hay algo que le caracteriza realmente y que lo convierte en un autor único, es sin duda su interés por representar lo real, y que más adelante veremos que sirve de influencia para el realismo de autores como Courbet o Daumier, pues en su caso, se limita a observar el mundo real y representarlo como tal, sin mediación de modelos pictóricos anteriores. Tanto es así, que una de sus obras “Escena Londinense: Piedad para las desdichas de un pobre viejo” (1821) muestra con un realismo incipiente las desgracias causadas por la industrialización que imperaban en su época, tales como la pobreza y la miseria propia de las ciudades, y problemas como la dureza del trabajo del explotado y el acoholismo, sirviéndiose para ello de lo visto y vivido en su viaje a Londres.[3] Pero esto no es todo, pues para su obra más relevante, “La balsa de la Medusa” (1819) realizó entrevistas a los supervivientes, y acumuló todos los datos posibles sobre el naufragio, e incluso viajó a las costas normandas para observar y estudiar el movimiento del mar, y poder retratar la escena con realismo, además de realizar observaciones y dibujar bocetos de cadáveres en los hospitales para comprender cómo afecta la enfermedad y la muerte a la anatomía humana; entre estos bocetos, destaca “Miembros amputados” (1818).

Retrato por Gericault de dos ejecutados .

La balsa de la Medusa retrata los sucesos acontecidos el día 2 de julio del año 1816, en el que una barca denominada por los franceses La Méduse se encalló en las costas africanas, y los oficiales superiores se hicieron con los botes salvavidas, dejando atrás al resto de la tripulación. El momento que se muestra en el cuadro es en el que los supervivientes del naufragio avistan un navío a lo lejos, y le hacen señales con la esperanza de ser vistos.[4] La escena es una composición piramidal inestable que crea una dispersión de fuerzas, en la que destaca el personaje que agita violentamente lo que parece un pañuelo te tela; en el centro  se encuentran más supervivientes con expresiones trágicas y en tensión, rodeados de cadáveres; mientras, al fondo se ve un mar bravo. Hay un inmenso colorido y predominan los colores cálidos y los tonos oscuros, rasgos propios de la pintura romántica francesa.

Théodore Géricault “La balsa de la Medusa” (1819) Óleo sobre lienzo 491 x 716 Museo de Louvre, París.


[1]  RAMIREZ, Antonio El mundo contemporáneo Madrid Ed. Alianza 1997 Págs. 75, 76, 77

[2] HONOUR, Hugh El romanticismo Madrid Ed. Alianza 1981

[3] ANGULO ÍÑIGUEZ , Diego Historia del arte, Tomo II págs. 441, 442

[4] E.H, Gombrich La historia del arte México, págs. 504, 506

BIBLIOGRAFÍA:

ANGULO ÍÑIGUEZ, Diego Historia del arte, Tomo II Madrid, Ed. S.N, 1984 485 pp. ISBN: 84-400-8645-8

E.H, Gombrich La historia del arte México, Ed. Diana 15ª Ed. 1989  686 pp. ISBN: 968-13-3200-8

HONOUR, Hugh El romanticismo Madrid Ed. Alianza 1981 446 pp. ISBN: 84-206-7020-0

RAMIREZ, Antonio El mundo contemporáneo Madrid Ed. Alianza 1997 463 pp. ISBN: 84-206-9480-0


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