VICTORIA CAMPS-Reseña crítica de «Virtudes públicas»

Portada de la obra reseñada.

La filósofa Victoria Camps sostiene que hoy la moral es ética, más universal y de corte laica, pues los diez mandamientos ya no existen; hoy existen los Derechos Humanos. Camps apela al bienestar colectivo de la tesis aristotélica: la areté o virtud, que sería el fundamento que construiría el modo de convivir con los demás y constituiría la felicidad como bien común. La autora rechaza la visión de la virtud del medievalismo en tanto que esta no persigue el bien, sino la obediencia a unas normas, a la par que desestima el individualismo liberal de la época moderna debido a la sustitución de la virtud por el deber, a lo que debería añadirse, en mi consideración, el problema que supone poner en el centro al individuo y desdeñar lo colectivo, fundamental para la convivencia. Es con el emotivismo con el que surgen las virtudes públicas en tanto que esta corriente es “la única ética que expresa el sentir de nuestro tiempo” (Camps, 1990: 18) y que “el emotivismo habla claro: la moral no es otra cosa que la expresión de unos sentimientos y unas actitudes, de nuestras preferencias por unas formas de conducta y nuestra desaprobación de otras” (Camps, 1990: 19).

Hoy la moral es ética, más universal y de corte laica (…) Hoy existen los Derechos Humanos

Camps considera la justicia como la virtud pública cardinal entre todas las que aborda, por lo que no existirían sin esta, y propone como más viable una ética de la virtud. Pero expone cierto pesimismo en su propuesta, ya que la vida buena no puede cualificarse, y ha de tenerse en cuenta tanto la felicidad individual como la felicidad colectiva, y permitirse a cada persona su libertad individual, mientras esta no perjudique a otros, pues, como exponía John Stuart Mill (2019) “la única finalidad por la cual el poder puede (…) ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad es evitar que perjudique a los demás. Sobre sí mismo (…) el individuo es soberano” (p. 80), y esta actitud de convivencia pervive en la actualidad, inclusive treinta y un años después de esta obra de Camps. La sociedad hoy se fundamenta en sociedades democráticas con sus correspondientes constituciones y en las que cada individuo posee sus derechos fundamentales, lo que respeta al individuo al mismo tiempo que al bienestar colectivo, factores que tienen por objetivo buscar la libertad y la igualdad.

Camps considera la justicia como la virtud cardinal (…).

La solidaridad es para Victoria una virtud sospechosa. Desde luego que lo es, pues esta no debe ser confundida con la caridad. Por añadidura, es imprescindible establecer criterios de discriminación acerca de con quién se debe aplicar la solidaridad. Parte la autora de que la justicia nunca es completa, y es por ello que se exige una reparación, en una compensación que se traduzca en buenos sentimientos, simpatía y la cooperación, pues “la vida misma es injusta y la igualdad natural es un mito” (p. 32). La solidaridad es vista como un complemento de la justicia. No solo ha de actuar el Estado, sino el propio individuo con el objetivo de acabar con las injusticias sociales. Sostengo que de no hacerlo, las injerencias del Estado podrían no solo ser peligrosas, sino que además nos dejaría en una permisiva actitud pasiva ante las injusticias que sufren otros. Camps no confía en los partidos políticos, ni en la mera institucionalización, ejemplificando su argumento con el caso del feminismo, a saber, que la ley no hace la costumbre. La concepción de Victoria sobre la solidaridad es, pues, una solidaridad que forme un nosotros y no los extremos polarizados de convicciones, que el nosotros se mantenga en la diferencia de opiniones, ideas y convicciones. Los desposeídos suponen el «ellos» de la sociedad polarizada; desde ahí debe encauzar la solidaridad, que debe ser crítica y discriminatoria en tanto que escoja sobre todo ser solidario con los oprimidos. Esto implica la universalización de la solidaridad más allá de las relaciones de parentesco.

La solidaridad es para Victoria una virtud sospechosa (…) no debe ser confundida con la caridad.

Sobre la responsabilidad, la autora solo cree libre al individuo responsable. Quizá sea cierto en tanto que solo el individuo consciente de las consecuencias de sus actos es verdaderamente libre, dentro de lo posible. Bosqueja una exposición de las teorías de la responsabilidad, a saber, de Nietzsche, para quien la responsabilidad es del ser autónomo no encadenado a las normas sociales; Sartre, de espíritu colectivista, para quien esta virtud debe ser de la humanidad misma; Max weber, que apelaba por una ética de la responsabilidad que debía ser del político, y finalmente, Hanna Harendt, para quien la responsabilidad debía residir en una buena educación. Camps critica a los dos primeros autores, que no lograron eliminar la moral burguesa de sus teorías de la responsabilidad, Nietzsche por su individualismo extremo y su desapego por la sociedad, y Sartre por no poder conciliar sus ideales marxistas con las ideas de libertad. Camps expone, desde su visión de la responsabilidad, que hoy, esto es, hace tres décadas, cuando publicó su libro, existe un problema en lo que respecta a la carencia de identidades, que lleva a los individuos a poseer una responsabilidad sin culpa, y, a su vez, una suerte de responsabilidad sin sujeto, cuyas consecuencias estriban en la creación de un chivo expiatorio que lo formaría la clase política.

El problema es que su aserción en la que expone que “lo cierto es que las ideologías hoy no son potentes y se han debilitado —como decía— las señas de identidad individuales y grupales” (p. 64), no se corresponde con la actualidad. Hoy construirse una identidad o formar parte de una pluralidad de identidades parece ser la norma, con el correspondiente chivo expiatorio que serían distintos grupos sociales, y esto ha constituido cierto fanatismo en torno a partidos políticos, aunque la clase política sigue siendo el chivo expiatorio de los ciudadanos, eso sí, con el correspondiente fanatismo hacia el partido que apoya, y la hostilidad hacia los que desprecia. Esto, lejos de ser una buena señal, como parecía considerar Camps cuando escribió su obra, ha ofrecido tan solo resultados negativos en la sociedad, llevando a la ciudadanía al enfrentamiento. En sus palabras “En cada momento, pues, parece haber un criterio del bien con el que hay que comprometerse y actuar en consecuencia. Pero hoy ya no existe tal criterio” (p. 71). Hoy parece haberse trasladado a la responsabilidad de reparar del presunto opresor al oprimido, en la que la solidaridad se impone, y por ello deja de serlo. Concuerdo, pues, con la autora, cuando para ella la pregunta que uno ha de hacerse es sobre todo cómo evitar la miseria de los problemas sociales, y menos en quién la ha provocado en el pasado, para que no surjan sentimientos de venganza, sino que aflore la solidaridad, la responsabilidad social de reparar los daños actuales.

La tolerancia es para Camps la virtud propia de la democracia, siendo la consecuencia de su ausencia el totalitarismo. Es por ello necesario entender a la sociedad democrática como una sociedad plural y diversa en la que conviven distintos modos de vivir, donde se reconocen las diferencias individuales, nacionales, la diversidad étnica, racial, etc. Recuerda para ello a los filósofos Locke y Mill, al primero por separar Iglesia de Estado, cuyo objetivo era liberar a las gentes del dogmatismo que les llevaba a la intolerancia religiosa, y al segundo por el respeto a la libertad individual con los límites ya mencionados anteriormente. Señala la autora que ambos pensadores entendieron, cada uno en su tiempo, que no todo podía ser tolerado. Es interesante destacar este pasaje “En concreto, una sociedad autoritaria y represiva se aprovecha de la tolerancia para sus fines. La tolerancia se vuelve, en tal caso, «tolerancia represiva»” (p. 79), muy ejemplificado en el caso del islamismo radical, que aprovecha la tolerancia y el respeto a la libertad de credo de sociedades progresistas para que se toleren actos cuestionables, sociedades que forman parte del Estado de bienestar y de una sociedad democrática con sus respectivos derechos fundamentales del individuo.

Otro de sus aciertos, que siguen vigentes hoy, residen en esta frase “Ciertas ideas no deben ser expresadas, ciertas políticas no deben ser propuestas, ciertos comportamientos no deben permitirse. De lo contrario, «la tolerancia se convierte en un instrumento para la pervivencia de la esclavitud»” (p. 79). Encaja con las posturas neoliberales, minarquistas y anarcocapitalistas, que en defensa de una supuesta libertad, defienden que un individuo es libre de vender sus órganos en el mercado, y libre de quitarse la vida sin que el Estado intervenga, inclusive en lo que respecta a la mejora de la salud mental en la sanidad pública y en propuestas de prevención del suicidio. Otro asunto es que para tolerar debe la ciudadanía de reconocer las diferencias, y estas no le deben ser indiferentes. La tolerancia debe ser incluso “soportar” aquello que desagrada. Un ejemplo actual en cuanto al reconocimiento de identidades es el colectivo transexual y transgénero, las identidades sexuales disidentes queer, mientras que el hecho de soportar incluye el tolerar aquello que no agrada, como la pluralidad de ideas políticas, los comportamientos individuales, etc. En Camps se observa una apreciación muy a tener en cuenta, y es el problema de la aceptación a todas las opiniones, que ella considera peligrosa como noción de tolerancia, pues, desde mi prisma, la tolerancia absoluta hacia todo, ¿no sería otro modo de dogmatismo propio de las sociedades intolerantes? Sería entonces intolerante cualquier ciudadano que manifestase su desaprobación ante actos intolerantes contra otros individuos.

Para el asunto de la profesionalidad, la filósofa tiene una crítica muy esclarecedora, y es que la sociedad del profesional no contempla las virtudes públicas aristotélicas, es decir, las virtudes a las que ha hecho referencia anteriormente: la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia. Desde las consideraciones marxistas del trabajo asalariado como alienante para el individuo, la idea del trabajo como obligación, el modelo de ejecutivo urbano agresivo y competitivo, la pérdida de autonomía, el paro que produce aburrimiento, y que a su vez ha sido provocado por la competitividad imperante, etc., la profesionalidad es incompatible con una sociedad en la que prosperen las virtudes públicas. Finalmente el más alienado, el alienado del mundo es el profesional, cuya identidad solo reside en su profesionalidad, quien de su trabajo hace su vida y la establece como la única causa de esta. Cabe apuntar su visión marxista del trabajo en una obra posterior donde elabora una crítica del individualismo y en la que considera que el trabajo “es alienante e inhumano: los trabajadores dejan de pertenecerse a sí mismos porque se ven forzados a venderse para subsistir” (Camps, 1993: 138).

Acerca de la buena educación, recalca que en su momento fue un sistema de disciplina y adoctrinamiento más que un programa cuyo planteamiento era ofrecer conocimiento. Sin embargo, subraya que hoy los alumnos parecen más dóciles que aquellos que les educaron, y que la abolición de los castigos de la anterior educación no ha dado el fruto de individuos más firmes y rebeldes, sino más sumisos y pasivos. El problema que percibo es este interrogante ¿dónde se constata que la abolición de los castigos, represiones y posibles traumas no haya mejorado la función de una buena educación? No presenta evidencia científica. Por otra parte, concuerdo con su visión de presentar a los jóvenes el mundo que conocen tal y como es, y permitirles después poder discrepar e innovar en él, pues una educación así es compatible con las virtudes públicas que defiende, además de su crítica a la meritocracia, o más bien, a su mito, en tanto que empobrece la cultura.

En su capítulo en el que aborda el genio de las mujeres es crítica con el feminismo de la diferencia y con el feminismo de la igualdad, en pugna en la década de los 90, cuando la autora escribió este ensayo. Ambos feminismos cometen errores tanto teóricos como prácticos, por lo que comparto la observación de Victoria Camps. Reivindica que lo conocido como los valores de las mujeres pueden convertirse en virtudes según el contexto, sirviendo de ejemplo que en ocasiones el sentimentalismo puede resultar más humano que el autodominio emocional, o que tal vez en determinadas tesituras, la sumisión sea la opción más inteligente. Recalca la posibilidad de que, pese a la doble jornada laboral de la mujer, que no resulta nada atractiva, sea tal vez más positiva y menos alienante que la jornada única de los hombres, reducidos a ser valorados por la profesionalidad de un trabajo que puede resultar servil y agobiante.

Las mujeres no están dispuestas a renunciar a convivir entre el espacio doméstico-privado y el público, conquistado en la actualidad, y no ansían el poder de los varones porque ellos han de renunciar, sacrificar formar parte de una de estas esferas si desean conseguir ese poder. De este modo, se revierte la idea de que la mujer no ostenta cargos públicos por el sometimiento del varón sobre ella, sino por su elección, tomada desde la inteligencia y la reflexión, desde el desear vivir en ambas esferas sin renunciar a nada, capacidad de elección que puede percibirse como feminista y liberadora, puesto que mantienen el espacio al que históricamente fueron relegadas, y ocupan el espacio conquistado. Los hombres no tienen la misma facilidad de mantenerse en ambas esferas, y las tensiones de la competitividad y la necesidad del rol de hombre exitoso aliena la decisión. Su sacrificio no parece escogido, sino alienante en tanto que es fruto de la necesidad y de la presión social. Como solución, parece interesante la universalización de la ética del cuidado, que también propone actualmente la filósofa Angélica Velasco Sesma (2017) incluyendo en ella a los animales.

Finalmente, para la cuestión de las identidades urge distinguir valores que muestran las diferencias que han de ser toleradas, de aquellos valores que actúan contra los valores y derechos fundamentales. Algunas ideologías sólidamente enraizadas en determinados sectores de la sociedad pueden llegar a ser peligrosas para el bien común en tanto que señalan al que no forma parte de ellas y se marginan a sí mismas, lo que para Camps constituye lo que denomina agudamente identidades vacías, pues estas necesitan al colectivo, y el colectivo se nutre de las identidades individuales. El alegato final de la autora se corresponde con la corrupción de los sentimientos, en tanto que el poder y la riqueza los corrompen, y que la ambición y la gloria no forma parte de la vida buena cuyo fin es la felicidad tanto individual como colectiva. No debe, pues, el individuo sucumbir a la debilidad de la voluntad cuando entran en conflicto sus preferencias, en pro de una sociedad donde florezcan las virtudes públicas.

Referencias:

Camps, V. (1990). Virtudes Públicas. Madrid: Espasa Calpe


Camps, V. (1993). Paradojas del individualismo. Barcelona: Crítica


Stuart Mill, J. (2019). Sobre la libertad. Madrid: Alianza


Velasco Sesma, A. (2017). Ética animal, ¿una cuestión feminista? Madrid: Cátedra


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