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LAS FALACIAS DEL ESPECISMO #Falacias #Especismo

A través de la lectura Tauroética, de Fernando Savater, te explico las falacias y mala argumentación típica contra los Derechos Animales y el movimiento por la Liberación Animal.

La obra Tauroética de Fernando Savater comienza con una polémica de Jesús Mosterín, que llevó a ambos a responderse en sus respectivas obras. La primera cuestión pone el foco en la tradición de las corridas de toros:

El caso más escandaloso fue una aseveración en el Parlament del profesor Jesús Mosterín, quién para recusar la tradición como el principal justificante de las corridas señaló que también la ablación del clítoris en ciertos países es una tradición y ello no hace esa práctica menos abominable (…) Que las corridas de toros son una tradición es cosa indudable, aunque como hace notar el profesor Mosterín la raigambre tradicional no legitima sin más ni fiestas, ni comportamientos sociales ni nada de nada: perdón, pero somos modernos. Y ser moderno es tener prejuicios favorables hacia lo nuevo, no hacia lo ancestral (Savater, 2011: 8-10).

La argumentación de Jesús Mosterín no era una analogía con respecto a las corridas de toros y la ablación del clítoris, como bien señala Fernando Savater en su obra. Lo que Mosterín (2015) pretendía con estas palabras, es que “Los que escribimos (…) contra la práctica de la ablación del clítoris (…) en varios países africanos recibimos a veces la réplica de que nuestra crítica es inadecuada y colonialista, pues (…) se trata de prácticas tradicionales de esos pueblos” (p. 200), es decir, que su crítica reside en que la tradición no debe justificar ningún acto moralmente cuestionable. Lo que señala es la falacia antiquitatem o de apelación a la tradición, que “La antigüedad o la novedad de una tendencia a actuar o pensar no es una característica que la legitime ni que la justifique” (Bordes, 2011: 220). En este caso Savater la comete pese a advertir esta falacia, pues considera que el prejuicio es contra lo nuevo, y por añadidura, en su obra rescata lo ancestral que descansa en las corridas de toros como una muestra de una expresión artística y cultural que no se debe prohibir, a lo que Jesús Mosterín (2015) responde en su obra con el eslogan “No hay que prohibir nada: Prohibido prohibir” (p. 226) del que hace gala Savater, que constituye una inconsistencia o contradicción, la paradoja del prefacio, pues como señala la filósofa Montserrat Bordes Solanas (2011) “Una condición necesaria de todo argumento razonable sin excepción es la consistencia o no-contradicción” (p. 240).

Con respecto a la definición de especismo de Peter Singer (2011) como “un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras” (p. 22), Savater (2011)  responde que “Decir que todos los animales son iguales equivale a sostener que ningún animal tiene derecho ético —ni debería tenerlo jurídico” (p. 16), incurriendo en la falacia del hombre de paja, que consiste en “Caricaturizar la opinión de un oponente de manera tal que resulte fácil refutarla” (Weston, 2000: 86). De esta manera Savater puede tergiversar las palabras de Peter Singer aduciendo que este considera a todos los animales iguales, y con los mismos intereses, cuando el propio Singer argumenta que la importancia reside especialmente en la capacidad de sentir, que es lo que le lleva a una ética sensocentrista. Obviamente, Singer no considera que todos los animales sean iguales y que tengan los mismos intereses.

Por otra parte, el autor comenta que “Constantemente oímos afirmar (…) que «la naturaleza es muy sabia» o que «la naturaleza es cruel», afirmaciones que no solo no se oponen sino que se complementan y yo diría que aún más: significan lo mismo (Savater, 2011:24). En este caso, Savater incurre en la falacia naturalista, que según la filósofa María Jiménez-Buedo consiste “en pensar que los juicios normativos pueden ser justificados apelando únicamente a hechos naturales” (Vega y Olmos, 2011: 191). Que la naturaleza sea cruel, no implica que las corridas de toros deban ser admitidas, ni que los animales de granja deban ser tratados cruelmente. El ser no obliga a deber ser.

Otra de las preocupaciones del autor son las posibles consecuencias de una nueva gastronomía que evite la crueldad con los animales o que incluso no haga uso de ellos:

Esa nueva gastronomía evitará los padecimientos de la ganadería intensiva a muchos de nuestros compañeros simbióticos, pero seguramente significará el final de pollos, vacas o cerdos cuya cría dejará de tener interés comercial. Supongo que aún podremos ver algunos especímenes en reservas zoológicas o en viejos documentales. Y desde luego desaparecerán ciertas formas humanas de vida tradicional campesina: tendremos que resignarnos a olvidar la música rural del canto de los gallos y el mugir de los terneros. También los paisajes dejarán de ser lo que fueron… (Savater, 2011:35)

Los cerdos, de producirse la catástrofe que vaticina Fernando Savater, podrían protegerse.

Fernando Savater incurre aquí en la falacia de la pendiente resbaladiza, que según la filósofa Monserrat Bordes Solanas (2011), indica esta secuencia causal:

p causa q

q causa r

r causa s

s causa t

t causa u

u causa v

v es indeseable

p no debe ser el caso (p. 276)

También constituye el argumentum ad consequentiam que según Jesús Alcolea “se arroja luz desfavorable sobre una tesis (fáctica) señalando sus consecuencias posibles, sin entrar a discutir la corrección de la tesis” (Vega y Olmos, 2011: 38). El problema de Savater en este párrafo de su obra es que no explica por qué esas serían las consecuencias, pues no tendría por qué ser así, puesto que cierto tipo de paisajes están protegidos por la ley, y lo mismo podría realizarse con ciertas especies, como ocurre cada vez que una está en peligro de extinción. Asimismo, la vida rural no tendría por qué desaparecer, ya que en esta nueva gastronomía no se evitan las plantaciones.

En lo referente a las corridas de toros, Savater (2011)  señala a cierto tipo de individuo que

“(…) se inclina a desautorizar las corridas de toros —a las que confiesa que no ha asistido jamás— pero en cambio no dice nada de la forma poco compasiva de tratar a las ocas para obtener foie-gras, lo cual probablemente le resulta mucho más próximo y familiar (pág. 39)

Es lícito que Savater señale que quienes desautorizan las corridas de toros no se cuestionen que los animales de granja lleven una vida peor que los toros de lidia, pues tal y como argumenta Peter Singer (2011) en uno de sus ejemplos más extremos, que un sujeto mutile piernas de personas, no le impide señalar a otro individuo que se dedica a mutilarles los brazos que eso está mal. Sin embargo, conviene subrayar que incurre de nuevo en la pista falsa, que consiste en “Introducir una cuestión irrelevante o secundaria y, de ese modo, desviar la atención de la cuestión principal” (Weston, 2000: 88). La obra de Savater consiste en la defensa de las corridas de toros, y no en la defensa de los animales de granja. Igualmente, supone la falacia tu quoque, que según Jesús alcolea “se sugiere que hay una contradicción entre lo que alguien hace y lo que dice” (Vega, 2001: 36). Si bien es cierto que existe una contradicción en defender a los toros pero no a las ocas utilizadas para elaborar foie-gras, recurrir a los actos presuntamente inmorales de los demás no constituye un buen argumento para defender los actos propios también presuntamente inmorales, en ambos casos según la mirada ajena y desde la misma Ética.

Al final de su obra, Fernando Savater (2011) expone que

La preocupación por el bienestar de los demás seres vivos obtuvo el patronazgo de notables ilustrados —Montaigne, Jeremy Bentham, Schopenhauer…— pero también el refrendo de algunos que mostraron humanitarismo con las bestias y bestialidad con los humanos: las primeras leyes europeas protoecologistas de protección de la Madre Tierra y de los animales fueron dictadas (entre 1933 y 1935) por el vegetariano Adolf Hitler. (Pág. 59)

Este argumento de Savater constituye un reductio ad hitlerum, falacia tipo ad muy utilizada en contextos coloquiales por aquellas personas que se posicionan contra una de las consecuencias de aplicar los derechos de los animales y su ampliación moral con la mayor coherencia posible, es decir, la práctica del veganismo. El filósofo de la moral Oscar Horta (2017) sostiene que este es un ejemplo de mal argumento, y plantea otro en el que el hecho de que asesinos en serie y otros individuos crueles o tiránicos lleven una dieta omnívora debe significar que hay algo de inmoral en este tipo de dieta. Horta no considera que este sea un argumento convincente ni persuasivo, sino falaz y endeble. Por otra parte, es conveniente señalar que este argumento se trata de un ad hominen o culpable por asociación la“también llamada falacia de las malas compañías consiste en atacar la posición del adversario con base exclusiva en que es postura defendida por personas de mala reputación moral o intelectual” (Bordes, 2011: 207). En el señalamiento de esta falacia, lo que se pretende es que se comprenda que no es relevante quién defiende unas ideas concretas, por muy despreciable que el sujeto sea, sino la importancia de su tesis y si sus afirmaciones son verdaderas o falsas. Un seudosilogismo no válido que plantea Plantin (1998) es este esquema de cuatro términos:

        A es B                                 Un vegetariano A fue Hitler

C es D                                 Los nazis C eran genocidas D

Luego A es D (pág. 51)      Luego los vegetarianos A son genocidas D

En conclusión, este argumento no es solo falaz, sino que debe ser evitado porque entorpece la discusión en torno a la ética animal y su aportación a la cuestión es nula. Por añadidura, aplicando el principio de caridad interpretativa, debemos señalar que Savater es un filósofo para el que la lógica es sobradamente conocida, por lo que podemos inferir que sus falacias son sofismas, siendo un sofisma una “estrategia o argucia argumentativa hecha a sabiendas con la intención de probar algo frente a alguien, aunque a través de una prueba de suyo fallida” (Vega, 2015: 175), y no paralogismos, dado que un paralogismo “es un argumento erróneo o incorrecto, a veces propiciado por su confusión o semejanza con otras formas legítimas de inferencia o argumentación” (Vega, 2015: 175).

Referencias:

Bordes, M (2011) Las trampas de Circe: falacias lógicas y argumentación informal  Madrid: Cátedra

Horta, O. (2017) Un paso adelante en defensa de los animales. Madrid: Plaza y Valdés

Moterín, J. (2015) El triunfo de la compasión. Nuestra relación con los otros animales. Madrid: Alianza Editorial

Plantin, C. (1998) La argumentación Barcelona: Ariel

Savater, F. (2011) Tauroética  España: Turpial  [EPUB  https://play.google.com/books/reader?id=LhVGKAAAAEAJ&pg=GBS.PA8.w.0.0.0.2 ]

Singer, P. (2011) Liberación animal Madrid: Taurus

Vega, L y Olmos, P. (2011) Compendio de lógica, argumentación y retórica Madrid: Editorial Trotta

Vega, L. (2015) Introducción a la teoría de la argumentación: problemas y perspectivas Lima: Palestra Editores

Weston, A. (2000) Las claves de la argumentación. Barcelona: Ariel [EPUB  https://play.google.com/books/reader?id=hsVGKAAAAEAJ&pg=GBS.PA1 ]

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LAS FALACIAS DEL ESPECISMO #Falacias #Especismo por Noelia Felpeto Rodríguez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://laguaridahumanista.wordpress.com/2021/08/16/las-falacias-del-especismo-falacias-especismo/.

MALA FARMA: CÓMO LAS EMPRESAS FARMACÉUTICAS ENGAÑAN A LOS MÉDICOS Y PERJUDICAN A LOS PACIENTES – (Reseña)

¿Cómo nos engañan las empresas farmacéuticas? ¿Cómo nos perjudican como pacientes? ¿Llevan a cabo procedimientos que violan los Derechos Humanos? Ben Goldacre nos arroja los datos y nos expone posibles soluciones ante esta problemática.

Portada de esta célebre obra del psiquiatra Ben Goldacre.

Ben Goldacre, autor de este best seller y también conocido por su célebre obra Mala Ciencia, es un psiquiatra y periodista especializado en divulgación científica y colaborador frecuente en programas televisivos y radiofónicos de estilo podcast. Por añadidura, es director de la columna Bad science en The Guardian. La clave de esta obra consiste en el foco que pone su autor en la ocultación de datos, que se vertebra a lo largo del libro con la exposición de estudios científicos no publicados al no convenir a las empresas farmacéuticas, inclusive los efectos secundarios o fármacos más nocivos que la enfermedad, etc., entre otras cuestiones. Su denuncia está expuesta de tal modo que alarme al lector, cuyo target principal es el ciudadano medio, el potencial paciente, y los profesionales de la medicina. Un libro posterior y complementario a esta obra sería Medicamentos que matan y crimen organizado, de Peter C. Gøtzsche, biólogo al que el mismo Goldacre cita, y Filosofía de la medicina, de Cristian Saborido, más reciente y escrito desde un prisma filosófico.

Descripción del recorrido científico del autor.

Un primer acercamiento al libro nos expone la enorme cantidad de información que se nos oculta a favor de las farmacéuticas, cuyos estudios financiados por esta resultan mayoritariamente favorables, en contraste con otras formas de financiación. Goldacre deja al descubierto la parcialidad, los sesgos de confirmación y la ocultación de los datos desfavorables de los ensayos clínicos de la industria farmacéutica, aquellos cuyos resultados negativos no se publican en revistas científicas, aquellos que desaparecen sin dejar rastro, ensayos sin publicar, estudios a los que no tienen acceso ni los médicos ni los pacientes que han participado en los experimentos, y manipulación y modificación de datos en favor de los intereses de las farmacéuticas. Los casos más alarmantes a través de los cuales Goldacre pone en jaque a la industria farmacéutica son los usos de fármacos para adultos en niños, medicalizando los cuerpos de estos últimos en pro del interés comercial, así como la ocultación de suicidios por causa de medicamentos psiquiátricos para la defensa de dichos fármacos. Goldacre nos lleva a preguntarnos, si la industria farmacéutica es capaz de ocultar suicidios y datos que perjudican a la infancia, ¿qué más son capaces de mantener en secreto?

Tras el primer choque con la abrumadora información del primer capítulo, Goldacre prosigue mostrando al lector la procedencia de los medicamentos, exponiendo así la identidad de las cobayas humanas y recordándonos que en los años 80 los ensayos se realizaban con presos, pasando a ser hoy jóvenes universitarios sin recursos, personas desempleadas, o el reclutamiento de personas residentes en albergues, que suelen ser personas sin techo o alcohólicos. Como complemento a sus argumentos, Goldacre utiliza las publicaciones de Guinea Pig Zero, que muestra cómo el ser sujeto de experimento se ha convertido en un empleo para personas de bajos recursos, y lo acompaña con la noticia sobre Bloomberg, donde el equipo profesional de medicina denuncian los malos tratos de la industria contra los sujetos de sus experimentos, siendo en algunos casos inmigrantes sin papeles amenazados con la deportación de declarar en su contra. Sostiene Goldacre, apoyándose en numerosas fuentes, que muchos ensayos clínicos se ejecutan en países pobres, vulnerando especialmente a los países africanos. Queda patente, pues, que la industria farmacéutica y sus aliados violan constantemente los Derechos Humanos a espaldas del mundo, despachando sin remordimientos el código deontológico.

Las personas sin hogar son un colectivo vulnerable que usa la industria farmacéutica como cobayas humanas a cambio de dinero.

Siguiendo la línea de la ocultación de datos, el tercer capítulo pone el foco en los organismos reguladores, que sufren “presiones por parte de la industria; presiones del gobierno; problemas de financiación; cuestiones de la competencia; conflictos internos de intereses; y, el peor de todos—insisto—la peligrosa obsesión por el secretismo” (Goldacre, 2013:121), donde señala la corrupción acerca de la autorización de medicamentos, que incumple la normativa de la necesaria presentación de tres ensayos clínicos con más de mil participantes. Esto incluye la exposición a pacientes voluntarios sometidos a exposición de numerosos peligros; la escandalosa autorización de fármacos que han demostrado ser ineficientes o aumentar los riesgos letales; que los propios organismos se dejen presionar para autorizar fármacos por partes de pacientes desesperados, como los de VIH, o la venta de fármacos ya existentes, como el caso del Prozac, una versión de la fluoxetina, que incrementó los riesgos de muerte súbita.

Le sucede el capítulo dedicado a los malos ensayos clínicos, en los que se expone el fraude descarado de la exageración de beneficios con el añadido de que se le resta importancia a los efectos adversos. La falsificación y modificación de datos abarca ensayos clínicos en los que los pacientes no recibieron consentimiento informado ni existió autorización por parte de estos. A estas alturas al lector ya no le extrañarán aquellos ensayos en los que los voluntarios son ideales, particularmente sanos, y que no se corresponden con los pacientes reales, ni tampoco la comparación de tratamientos que se presentan como mejores que aquellos que han demostrado no dar resultados. Lo expuesto en los capítulos anteriores es un caldo de cultivo que permite al lector comprender la gravedad de los ensayos excesivamente breves, o los que son interrumpidos antes de tiempo con el objetivo de que los resultados favorables aumenten, antes de hallar algún resultado negativo. Los ensayos clínicos que se prolongan no son una excepción en lo que a ser sospechosos se refiere, al igual que aquellos que poseen un número reducido de voluntarios, incluyendo los que agrupan resultados de forma engañosa o poco informativa. Los más escandalosos son, sin duda, los ensayos en los que no se tienen en cuenta las bajas de los participantes, que tras una investigación se descubre no solo que algunos voluntarios experimentaron efectos secundarios incapaces de soportar, sino a voluntarios que no es que abandonaran el ensayo, sino que habían fallecido por su causa. No es de extrañar que tras mostrarnos esta información, su siguiente capítulo titulado Ensayos clínicos más amplios y más sencillos sea una propuesta como solución a esta problemática, la cual puede, sin duda, unirse al epílogo, que ofrece soluciones para cada una de las trabas mencionadas en la obra.

Para el autor, tal y como se ha podido intuir a lo largo del libro, “la falta de datos es la clave de todo” (Goldacre, 2013: 305), lo que explica que ponga en la diana final al marketing, pues “La industria farmacéutica gasta el doble en publicidad y promoción que en investigación y desarrollo” (Goldacre, 2013: 225). Los médicos que se dejan chantajear y sobornar son prueba de ello, así como el engrosar su currículum a través de la utilización de redactores fantasma en revistas científicas, para las cuales tan solo aportan su nombre, recibiendo prestigio y una presunta experiencia. Este último capítulo es, sin duda, el desenmascaramiento total de la industria farmacéutica y su falta de escrúpulos, pues hará cualquier cosa en pro de sus intereses comerciales.

Esta obra de Ben Goldacre no es de una sola lectura, sino que ejerce de manual práctico para cada lector, ya sea paciente, estudiante de medicina, editor de revistas, académico, personal de las instituciones, de los organismos oficiales, personal del equipo sanitario e incluso para aquellas personas que trabajan en la industria farmacéutica, o cualquier interesado en la mala praxis científica derivada de la industria farmacéutica, pues a lo largo de sus páginas el autor aporta soluciones a esta problemática orientada a cualquiera de estos perfiles. Pero el título de la obra y lo expresado en ella no debe ser malinterpretado, pues si bien es cierto que examina de una forma pormenorizada y desde distintos ejes a la industria farmacéutica, su contenido no se trata de una proclama contra los fármacos, pues de caer en manos peligrosas, como los denominados antivacunas, practicantes de la homeopatía, o incluso negacionistas del enfermedades, tal y como ha ocurrido con los negacionistas del covid, pandemia que lleva asolando el mundo desde el año 2020, el autor deja patente en el epílogo ser contrario a esta clase de “charlatanes, terapeutas alternativos que venden vitaminas y pastillas de azúcar homeopáticas, cuyo efecto no es mejor que el de un placebo, y que recurren a trucos de mercadotecnia más toscos aún que los descritos en el libro” (Goldacre, 2013: 319), desmarcándose así de esta clase de individuos y prácticas anticientíficas que perjudican notablemente a los pacientes.

Contraportada del libro.

Si hay algo susceptible de ser criticado en su contenido, es la repetición e insistencia constante en la ausencia de datos, que aclara desde su inicio, dejando a un lado temáticas en las que podría haber profundizado todavía más, como la medicalización de los cuerpos de los niños, con quienes la industria farmacéutica ha jugado sin consideración alguna. Hubiera sido de agradecer que indagase más en las diferentes sintomatologías en enfermedades dispares separadas por sexo, e incluso por etnia en el sentido de que una genética distinta puede alterar los síntomas o los efectos de un medicamento, o en grupos demográficos dispares. Finalmente, resulta curioso que no haya puesto el foco en la experimentación con animales y su peligrosidad, con el añadido de numerosos escándalos, de entre los más conocidos el de la Talidomina, causando efectos positivos en los animales, y deformaciones en humanos, siendo al revés en el caso de la insulina, tal y como relata Peter Singer (2001) en lo que respecta a la arriesgada empresa que supone extrapolar de unas especies a otras teniendo en cuenta sus diferencias fisiológicas. Pese a todo, al ser Goldacre tan prolífico y activo, se espera de él que ahonde en estos temas en futuras obras y publicaciones académicas.

Experimental white rabbits in the acrylic restraint box for testing drug safety and toxicity. Sobre la barbarie de la experimentación animal, otro tema que debe ser abordado.

Referencias:

Goldacre, B. (2013) Mala farma: cómo las empresas farmacéuticas engañan a los médicos y perjudican a los pacientes. Barcelona: Paidós

Singer, P. (2011) Liberación animal. Madrid: Taurus


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MALA FARMA: CÓMO LAS EMPRESAS FARMACÉUTICAS ENGAÑAN A LOS MÉDICOS Y PERJUDICAN A LOS PACIENTES – (Reseña) by Noelia Felpeto Rodríguez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

VICTORIA CAMPS-Reseña crítica de «Virtudes públicas»

Portada de la obra reseñada.

La filósofa Victoria Camps sostiene que hoy la moral es ética, más universal y de corte laica, pues los diez mandamientos ya no existen; hoy existen los Derechos Humanos. Camps apela al bienestar colectivo de la tesis aristotélica: la areté o virtud, que sería el fundamento que construiría el modo de convivir con los demás y constituiría la felicidad como bien común. La autora rechaza la visión de la virtud del medievalismo en tanto que esta no persigue el bien, sino la obediencia a unas normas, a la par que desestima el individualismo liberal de la época moderna debido a la sustitución de la virtud por el deber, a lo que debería añadirse, en mi consideración, el problema que supone poner en el centro al individuo y desdeñar lo colectivo, fundamental para la convivencia. Es con el emotivismo con el que surgen las virtudes públicas en tanto que esta corriente es “la única ética que expresa el sentir de nuestro tiempo” (Camps, 1990: 18) y que “el emotivismo habla claro: la moral no es otra cosa que la expresión de unos sentimientos y unas actitudes, de nuestras preferencias por unas formas de conducta y nuestra desaprobación de otras” (Camps, 1990: 19).

Hoy la moral es ética, más universal y de corte laica (…) Hoy existen los Derechos Humanos

Camps considera la justicia como la virtud pública cardinal entre todas las que aborda, por lo que no existirían sin esta, y propone como más viable una ética de la virtud. Pero expone cierto pesimismo en su propuesta, ya que la vida buena no puede cualificarse, y ha de tenerse en cuenta tanto la felicidad individual como la felicidad colectiva, y permitirse a cada persona su libertad individual, mientras esta no perjudique a otros, pues, como exponía John Stuart Mill (2019) “la única finalidad por la cual el poder puede (…) ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad es evitar que perjudique a los demás. Sobre sí mismo (…) el individuo es soberano” (p. 80), y esta actitud de convivencia pervive en la actualidad, inclusive treinta y un años después de esta obra de Camps. La sociedad hoy se fundamenta en sociedades democráticas con sus correspondientes constituciones y en las que cada individuo posee sus derechos fundamentales, lo que respeta al individuo al mismo tiempo que al bienestar colectivo, factores que tienen por objetivo buscar la libertad y la igualdad.

Camps considera la justicia como la virtud cardinal (…).

La solidaridad es para Victoria una virtud sospechosa. Desde luego que lo es, pues esta no debe ser confundida con la caridad. Por añadidura, es imprescindible establecer criterios de discriminación acerca de con quién se debe aplicar la solidaridad. Parte la autora de que la justicia nunca es completa, y es por ello que se exige una reparación, en una compensación que se traduzca en buenos sentimientos, simpatía y la cooperación, pues “la vida misma es injusta y la igualdad natural es un mito” (p. 32). La solidaridad es vista como un complemento de la justicia. No solo ha de actuar el Estado, sino el propio individuo con el objetivo de acabar con las injusticias sociales. Sostengo que de no hacerlo, las injerencias del Estado podrían no solo ser peligrosas, sino que además nos dejaría en una permisiva actitud pasiva ante las injusticias que sufren otros. Camps no confía en los partidos políticos, ni en la mera institucionalización, ejemplificando su argumento con el caso del feminismo, a saber, que la ley no hace la costumbre. La concepción de Victoria sobre la solidaridad es, pues, una solidaridad que forme un nosotros y no los extremos polarizados de convicciones, que el nosotros se mantenga en la diferencia de opiniones, ideas y convicciones. Los desposeídos suponen el «ellos» de la sociedad polarizada; desde ahí debe encauzar la solidaridad, que debe ser crítica y discriminatoria en tanto que escoja sobre todo ser solidario con los oprimidos. Esto implica la universalización de la solidaridad más allá de las relaciones de parentesco.

La solidaridad es para Victoria una virtud sospechosa (…) no debe ser confundida con la caridad.

Sobre la responsabilidad, la autora solo cree libre al individuo responsable. Quizá sea cierto en tanto que solo el individuo consciente de las consecuencias de sus actos es verdaderamente libre, dentro de lo posible. Bosqueja una exposición de las teorías de la responsabilidad, a saber, de Nietzsche, para quien la responsabilidad es del ser autónomo no encadenado a las normas sociales; Sartre, de espíritu colectivista, para quien esta virtud debe ser de la humanidad misma; Max weber, que apelaba por una ética de la responsabilidad que debía ser del político, y finalmente, Hanna Harendt, para quien la responsabilidad debía residir en una buena educación. Camps critica a los dos primeros autores, que no lograron eliminar la moral burguesa de sus teorías de la responsabilidad, Nietzsche por su individualismo extremo y su desapego por la sociedad, y Sartre por no poder conciliar sus ideales marxistas con las ideas de libertad. Camps expone, desde su visión de la responsabilidad, que hoy, esto es, hace tres décadas, cuando publicó su libro, existe un problema en lo que respecta a la carencia de identidades, que lleva a los individuos a poseer una responsabilidad sin culpa, y, a su vez, una suerte de responsabilidad sin sujeto, cuyas consecuencias estriban en la creación de un chivo expiatorio que lo formaría la clase política.

El problema es que su aserción en la que expone que “lo cierto es que las ideologías hoy no son potentes y se han debilitado —como decía— las señas de identidad individuales y grupales” (p. 64), no se corresponde con la actualidad. Hoy construirse una identidad o formar parte de una pluralidad de identidades parece ser la norma, con el correspondiente chivo expiatorio que serían distintos grupos sociales, y esto ha constituido cierto fanatismo en torno a partidos políticos, aunque la clase política sigue siendo el chivo expiatorio de los ciudadanos, eso sí, con el correspondiente fanatismo hacia el partido que apoya, y la hostilidad hacia los que desprecia. Esto, lejos de ser una buena señal, como parecía considerar Camps cuando escribió su obra, ha ofrecido tan solo resultados negativos en la sociedad, llevando a la ciudadanía al enfrentamiento. En sus palabras “En cada momento, pues, parece haber un criterio del bien con el que hay que comprometerse y actuar en consecuencia. Pero hoy ya no existe tal criterio” (p. 71). Hoy parece haberse trasladado a la responsabilidad de reparar del presunto opresor al oprimido, en la que la solidaridad se impone, y por ello deja de serlo. Concuerdo, pues, con la autora, cuando para ella la pregunta que uno ha de hacerse es sobre todo cómo evitar la miseria de los problemas sociales, y menos en quién la ha provocado en el pasado, para que no surjan sentimientos de venganza, sino que aflore la solidaridad, la responsabilidad social de reparar los daños actuales.

La tolerancia es para Camps la virtud propia de la democracia, siendo la consecuencia de su ausencia el totalitarismo. Es por ello necesario entender a la sociedad democrática como una sociedad plural y diversa en la que conviven distintos modos de vivir, donde se reconocen las diferencias individuales, nacionales, la diversidad étnica, racial, etc. Recuerda para ello a los filósofos Locke y Mill, al primero por separar Iglesia de Estado, cuyo objetivo era liberar a las gentes del dogmatismo que les llevaba a la intolerancia religiosa, y al segundo por el respeto a la libertad individual con los límites ya mencionados anteriormente. Señala la autora que ambos pensadores entendieron, cada uno en su tiempo, que no todo podía ser tolerado. Es interesante destacar este pasaje “En concreto, una sociedad autoritaria y represiva se aprovecha de la tolerancia para sus fines. La tolerancia se vuelve, en tal caso, «tolerancia represiva»” (p. 79), muy ejemplificado en el caso del islamismo radical, que aprovecha la tolerancia y el respeto a la libertad de credo de sociedades progresistas para que se toleren actos cuestionables, sociedades que forman parte del Estado de bienestar y de una sociedad democrática con sus respectivos derechos fundamentales del individuo.

Otro de sus aciertos, que siguen vigentes hoy, residen en esta frase “Ciertas ideas no deben ser expresadas, ciertas políticas no deben ser propuestas, ciertos comportamientos no deben permitirse. De lo contrario, «la tolerancia se convierte en un instrumento para la pervivencia de la esclavitud»” (p. 79). Encaja con las posturas neoliberales, minarquistas y anarcocapitalistas, que en defensa de una supuesta libertad, defienden que un individuo es libre de vender sus órganos en el mercado, y libre de quitarse la vida sin que el Estado intervenga, inclusive en lo que respecta a la mejora de la salud mental en la sanidad pública y en propuestas de prevención del suicidio. Otro asunto es que para tolerar debe la ciudadanía de reconocer las diferencias, y estas no le deben ser indiferentes. La tolerancia debe ser incluso “soportar” aquello que desagrada. Un ejemplo actual en cuanto al reconocimiento de identidades es el colectivo transexual y transgénero, las identidades sexuales disidentes queer, mientras que el hecho de soportar incluye el tolerar aquello que no agrada, como la pluralidad de ideas políticas, los comportamientos individuales, etc. En Camps se observa una apreciación muy a tener en cuenta, y es el problema de la aceptación a todas las opiniones, que ella considera peligrosa como noción de tolerancia, pues, desde mi prisma, la tolerancia absoluta hacia todo, ¿no sería otro modo de dogmatismo propio de las sociedades intolerantes? Sería entonces intolerante cualquier ciudadano que manifestase su desaprobación ante actos intolerantes contra otros individuos.

Para el asunto de la profesionalidad, la filósofa tiene una crítica muy esclarecedora, y es que la sociedad del profesional no contempla las virtudes públicas aristotélicas, es decir, las virtudes a las que ha hecho referencia anteriormente: la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia. Desde las consideraciones marxistas del trabajo asalariado como alienante para el individuo, la idea del trabajo como obligación, el modelo de ejecutivo urbano agresivo y competitivo, la pérdida de autonomía, el paro que produce aburrimiento, y que a su vez ha sido provocado por la competitividad imperante, etc., la profesionalidad es incompatible con una sociedad en la que prosperen las virtudes públicas. Finalmente el más alienado, el alienado del mundo es el profesional, cuya identidad solo reside en su profesionalidad, quien de su trabajo hace su vida y la establece como la única causa de esta. Cabe apuntar su visión marxista del trabajo en una obra posterior donde elabora una crítica del individualismo y en la que considera que el trabajo “es alienante e inhumano: los trabajadores dejan de pertenecerse a sí mismos porque se ven forzados a venderse para subsistir” (Camps, 1993: 138).

Acerca de la buena educación, recalca que en su momento fue un sistema de disciplina y adoctrinamiento más que un programa cuyo planteamiento era ofrecer conocimiento. Sin embargo, subraya que hoy los alumnos parecen más dóciles que aquellos que les educaron, y que la abolición de los castigos de la anterior educación no ha dado el fruto de individuos más firmes y rebeldes, sino más sumisos y pasivos. El problema que percibo es este interrogante ¿dónde se constata que la abolición de los castigos, represiones y posibles traumas no haya mejorado la función de una buena educación? No presenta evidencia científica. Por otra parte, concuerdo con su visión de presentar a los jóvenes el mundo que conocen tal y como es, y permitirles después poder discrepar e innovar en él, pues una educación así es compatible con las virtudes públicas que defiende, además de su crítica a la meritocracia, o más bien, a su mito, en tanto que empobrece la cultura.

En su capítulo en el que aborda el genio de las mujeres es crítica con el feminismo de la diferencia y con el feminismo de la igualdad, en pugna en la década de los 90, cuando la autora escribió este ensayo. Ambos feminismos cometen errores tanto teóricos como prácticos, por lo que comparto la observación de Victoria Camps. Reivindica que lo conocido como los valores de las mujeres pueden convertirse en virtudes según el contexto, sirviendo de ejemplo que en ocasiones el sentimentalismo puede resultar más humano que el autodominio emocional, o que tal vez en determinadas tesituras, la sumisión sea la opción más inteligente. Recalca la posibilidad de que, pese a la doble jornada laboral de la mujer, que no resulta nada atractiva, sea tal vez más positiva y menos alienante que la jornada única de los hombres, reducidos a ser valorados por la profesionalidad de un trabajo que puede resultar servil y agobiante.

Las mujeres no están dispuestas a renunciar a convivir entre el espacio doméstico-privado y el público, conquistado en la actualidad, y no ansían el poder de los varones porque ellos han de renunciar, sacrificar formar parte de una de estas esferas si desean conseguir ese poder. De este modo, se revierte la idea de que la mujer no ostenta cargos públicos por el sometimiento del varón sobre ella, sino por su elección, tomada desde la inteligencia y la reflexión, desde el desear vivir en ambas esferas sin renunciar a nada, capacidad de elección que puede percibirse como feminista y liberadora, puesto que mantienen el espacio al que históricamente fueron relegadas, y ocupan el espacio conquistado. Los hombres no tienen la misma facilidad de mantenerse en ambas esferas, y las tensiones de la competitividad y la necesidad del rol de hombre exitoso aliena la decisión. Su sacrificio no parece escogido, sino alienante en tanto que es fruto de la necesidad y de la presión social. Como solución, parece interesante la universalización de la ética del cuidado, que también propone actualmente la filósofa Angélica Velasco Sesma (2017) incluyendo en ella a los animales.

Finalmente, para la cuestión de las identidades urge distinguir valores que muestran las diferencias que han de ser toleradas, de aquellos valores que actúan contra los valores y derechos fundamentales. Algunas ideologías sólidamente enraizadas en determinados sectores de la sociedad pueden llegar a ser peligrosas para el bien común en tanto que señalan al que no forma parte de ellas y se marginan a sí mismas, lo que para Camps constituye lo que denomina agudamente identidades vacías, pues estas necesitan al colectivo, y el colectivo se nutre de las identidades individuales. El alegato final de la autora se corresponde con la corrupción de los sentimientos, en tanto que el poder y la riqueza los corrompen, y que la ambición y la gloria no forma parte de la vida buena cuyo fin es la felicidad tanto individual como colectiva. No debe, pues, el individuo sucumbir a la debilidad de la voluntad cuando entran en conflicto sus preferencias, en pro de una sociedad donde florezcan las virtudes públicas.

Referencias:

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Camps, V. (1993). Paradojas del individualismo. Barcelona: Crítica


Stuart Mill, J. (2019). Sobre la libertad. Madrid: Alianza


Velasco Sesma, A. (2017). Ética animal, ¿una cuestión feminista? Madrid: Cátedra


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Análisis de «No manipuléis el feminismo»: Una crítica a Ana Bernal Triviño desde la Filosofía de la argumentación

Ana Bernal Triviño es una conocida periodista española autora del libro «No manipuléis el feminismo». En dicho libro se propone derribar 50 presuntos mitos que giran en torno al feminismo y que Bernal considera que perjudican al feminismo, y, por ende, a las mujeres y al activismo feminista, que, según su propuesta, se trata de una manipulación de este movimiento por parte de un rearme del machismo y del patriarcado. Mi propósito en esta entrada reside en señalar sus falacias y mala argumentación desde un análisis de la argumentación en Filosofía. Pese a que he hallado multitud de errores históricos y más falacias y mala argumentación de la que presento, me he centrado en aquellas que he considerado más graves. En una segunda parte de referencias me permito mostrar una serie de estudios que abordan la violencia de género, violencia en pareja, doméstica, entre parejas homosexuales, posibles móviles de las agresiones, y mayor posibilidad de ser víctima según determinadas características y modos de vida.

Comienza con una primera falacia informal que transgrede el criterio de relevancia, en este caso la falacia de la bifurcación o falso dilema “si se está a favor de los derechos humanos, se debe ser feminista” (Bernal, 2019: 9). Esta falacia “consiste en reducir el espectro de las opciones a dos cuanto existen más de dos posibles” (Bordes, 2011: 193), pues, para que se trate de un auténtico dilema las condiciones deberían ser, según Monserrat Bordes Solanas (2011) verdaderos dilemas en los que únicamente existan dos opciones, que dichas opciones sean incompatibles, que una de ellas deba ser llevada a cabo, y las consecuencias de llevar a cabo cualquiera de las dos constituyan un problema. Una persona que se considere a favor de los Derechos Humanos no tiene la obligación de considerarse feminista, pues puede defender los derechos igualmente, y lejos de defender la ideología liberal, con la que no comulgo, esta es compatible con el feminismo en su sentido legislativo en lo que concierne a los derechos de las mujeres. En general, cualquier movimiento social que apueste por los Derechos Humanos puede hacerlo sin considerarse feminista.

indecisive man and lost chooses the right path

Prosigue Bernal (2019) “Antes explicaba que el feminismo salva y el machismo mata. ¿Por qué mata el machismo? Porque es una cultura aprendida que está tras cada violación, acoso o asesinato de un hombre hacia una mujer” (p. 10). Aquí podemos hallar la falacia de la causa compleja, de la visión del túnel o falacia reductiva que “consiste en reducir a uno o pocos factores causales lo que depende de una red compleja de elementos” (Bordes, 2011: 282). De este modo, la autora reduce únicamente al machismo como la única causa de la violencia en pareja, el acoso hacia las mujeres y los asesinatos en los que las víctimas son mujeres. Lo extraño es, precisamente, que la violencia en pareja, en este caso perpetrada por un hombre hacia una mujer, que exista una única causa, y la probabilidad más alta es que se trate de un fenómeno multifactorial que debe ser estudiado con rigor y precisión. Inferimos, pues, que la práctica argumentativa de Bernal es ilícita al omitir otras posibles causas. De hecho, el psicólogo Dau García Dauder y la filósofa de la Ciencia Eulalia Pérez Sedeño (2018) señalan que los sesgos de género en modelos teóricos y modelos de investigación “explican la escasez de estudios hasta el momento sobre violencia entre parejas del mismo sexo” (p. 223) dos personas feministas y por tanto nada sospechosas de formar parte de ese rearme patriarcal al que ella alude. Datos que confirman la gravedad de esta falacia son los arrojados por el psiquiatra Pablo Malo (2020) que expone diversos factores que llevan a la violencia en pareja, tales como eventos traumáticos en la infancia (maltrato, ser testigo de la violencia de los propios padres, etc.), el abuso de drogas y alcohol, venganza, celos, trastornos de la personalidad, un mal manejo de la ira, depresión, estrés, el acoplamiento de dos personas con rasgos antisociales, o personalidades psicopáticas. Además, conviene subrayar que las mujeres también pueden ser perpetradoras, que en muchas ocasiones la violencia es bidireccional, y, para sorpresa de la teoría feminista no basada en datos científicos, las parejas homosexuales parecen tener niveles más altos de violencia que las heterosexuales. Por supuesto, exponer estos datos no responden a una necesidad de llevar la contraria, negar algún tipo de violencia, y mucho menos de justificar este fenómeno, sino que las pretensiones son puramente preventivas, con el objetivo de hallar los factores de riesgo.

Masked man in hoodie

Expone la autora para demostrar la existencia del patriarcado “Y la evidencia de que existe, es que tantos siglos después seguimos viviendo en él” (Bernal, 2019: 19). A este argumento se le puede dar la vuelta y se puede aducir que como llevamos tantos siglos viviendo en el patriarcado, esta es una evidencia de que existe. Este es, sin duda, un argumento circular, una petición de principio. En el plano lógico, “la petición de principio consiste en dar por supuesto en alguna de las premisas del argumento lo que se pretende concluir” (Vega, 2013: 168). Ana Bernal Triviño no ha demostrado la existencia del patriarcado en España.

Para Bernal conviene recordar “que la violencia machista ha causado más muertes que la banda terrorista ETA o los atentados del Daesh en la Unión Europea” (p. 63). Su argumento se trata de una falsa analogía, pues para que las analogías sean correctas, deben tener más similitudes que diferencias, y en este caso hallamos más diferencias en tanto que ETA o el Daesh son grupos terroristas propiamente dichos, con fines específicos y una ideología totalmente desarrollada según ciertos criterios, principios y creencias. Si el lector me permite, me gustaría advertir en su texto la banalización de la violencia de estos dos grupos terroristas, que constituye una falta de respeto a sus víctimas al ser utilizados sus agresores y asesinos como un arma arrojadiza para demostrar sus propias conclusiones.

Otra de sus falacias está presente en este texto acerca de su crítica a las denuncias falsas:

En mi opinión, tengo la sensación de que quienes niegan o manipulan esta realidad son personas a las que la profesión de periodista les queda grande o políticos que solo recurren a estas estrategias para tener sus minutos de gloria en los medios de comunicación (Bernal, 2019: 65)

Bernal debería centrarse en desmontar la tesis del contrario, que constituiría un ad rem y el modo correcto de contraargumentar. Sin embargo, opta por centrarse en la crítica a las personas que exponen que las denuncias falsas existen en el ámbito de la violencia en pareja, lo que constituye un ad hominen, especialmente ad personam en este caso, es decir, un ataque a su rival ‘dialéctico’ en lugar de a sus argumentos. Pese a que posteriormente expone datos al respecto, el ad hominen del pasaje analizado enfanga su propia tesis, omitiendo además los datos que exponen sus contrincantes en esta batalla argumental.

En su libro también podemos hallar pasajes como este: “Las feministas no niegan que existan mujeres asesinas. Ni dicen que las mujeres sean todas seres de luz. No. Las mujeres pueden asesinar pero, a veces, también, en defensa propia ante una agresión” (p. 68). Cuando la autora expone esta última frase, está incurriendo en la falacia por intrusión o pista falsa introduciendo en la discusión “elementos que distraen del asunto de debate” (Bordes, 2011: 196), además de la falacia del arenque rojo que consiste en la “táctica de cambiar de tema para evitar el reconocimiento de la fuerza argumentativa del adversario” (Bordes, 2011: 197), inclusive la falacia tu quoque que significa tú también (Vega y Olmos, 2011) en la que expone explícitamente que si las mujeres cometen agresiones, es porque los hombres las han cometido antes contra ellas.

Prosigue la autora “No podemos permitir, en ningún caso, poner en riesgo la vida de las mujeres maltratadas ni la de sus hijos e hijas. O lo lamentaremos.” (p. 73). Este argumento es un ad baculum tanto de tipo doxástico como conductual, pues

En los casos de falacias ad baculum hay una referencia implícita al potencial temor del interlocutor a sufrir el daño con el que se le amenaza.

Ahora bien, apelar a una emoción puede consistir en una de estas dos cosas:

a) Intentar persuadir a otro de la verdad de una afirmación apelando exclusivamente a esa emoción (apelación doxástica).

b) Intentar persuadir a otro sobre cómo actuar apelando exclusivamente a esa emoción (apelación conductual) (Bordes, 2011: 228).

Este tipo de falacia también es definida por Jesús Alcolea como “cuando intimidamos o coaccionamos a alguien para que actúe o deje de actuar de un determinado modo” (Vega y Olmos, 2011: 37), que en este caso percibimos como un intento de modificar la opinión y la conducta del lector a través de la apelación al miedo. Además, conviene recordar que en la argumentación, según Lilian Bermejo (2014) intentamos persuadir con la finalidad de introducir creencias en el interlocutor, mientras que al convencer el objetivo es generar una respuesta conductual. En Ana Bernal Triviño observamos ese intento de persuasión y de convencer al lector, que si bien es legítimo, lo hace de un modo ilegítimo al incurrir en ad baculum.

Finalmente, si me permite el lector terminar, el alegato último de la autora dice así “Para decir que el feminismo «no me representa», bastante representa el feminismo en tus derechos como mujer (…) tienes suerte, porque todavía muchas mujeres en el mundo no llegan ni a la mitad de los derechos que tú tienes ni agradeces.” (p. 145). Me gustaría aquí subrayar lo que es un sofisma, definido como “estrategia o argucia argumentativa hecha a sabiendas con la intención de probar algo frente a alguien, aunque a través de una prueba de suyo fallida” (Vega, 2015: 175). En este caso, se percibe una forma atacante de dirigirse a sus interlocutoras, que, en mi consideración, no se trata de una buena estrategia para ganar adeptas, pero al margen de esto, el modo el que las interpela es un sofisma patético en el que apela a los sentimientos, en este caso a la culpa. Este sofisma recibe este nombre “porque apela al pathos (la emoción) y no al logos (la razón). Comprende todos los medios de persuasión no argumentativos que pretenden sostener un punto de vista provocando las emociones del auditorio.” (García, R., 2011: 66). Considera Ricardo García Damborenea (2011) que este tipo de falacia es “la principal arma del demagogo” (p. 67). Desde luego, Ana Bernal Triviño no podría haberle dado un peor broche final a su libro.

Bernal señala con su dedo acusador a las mujeres que no se consideran feministas, cuyo objetivo es hacerlas sentirse culpables por no querer formar parte del movimiento feminista.

Referencias:

Bernal, A. (2019) No manipuléis el feminismo. Una defensa feminista contra los bulos machistas. España: Espasa

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Vega, L y Olmos, P. (2011) Compendio de lógica, argumentación y retórica Madrid: Editorial Trotta

Vega, L. (2013) La fauna de las falacias Madrid: Editorial Trotta

Vega, L. (2015) Introducción a la teoría de la argumentación: problemas y perspectivas Lima: Palestra Editores

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EL IDEAL ROMÁNTICO: El romanticismo y los artistas prerrománticos.

¿En qué consistió la pintura romántica? ¿Cuál era su contexto histórico? ¿Quiénes se pueden considerar sus precursores? Aquí te lo cuento.

El ideal romántico: Contexto histórico y definición de romanticismo.

Podemos situar el romanticismo entre el período que va desde el abandono del rococó, a mediados del siglo XVIII hasta el auge del realismo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX[1]. El comienzo del romanticismo se remonta a la última década del siglo XVIII, la etapa que supone el fin de la Ilustración y el auge de la Revolución Francesa, y las revoluciones liberales burguesas. Este se fue consolidando con la revolución industrial originada en Inglaterra en el año 1800, junto con el posterior azote de Napoleón y su correspondiente Imperio, hechos que modificaron la mentalidad occidental. En este marco histórico-social surgió en Alemania una corriente de pensamiento de tipo político que supondría el rechazo del pensamiento racionalista propio de la ilustración, y que hacía especial hincapié en la existencia de distintas realidades, en las particularidades de cada individuo y que le diferenciaban de otros sujetos, surgiendo bajo este pretexto, la idea del pueblo y la nación, con sus propios rasgos característicos distintos de los otros pueblos o naciones, en contraposición al universalismo característico de los ilustrados.

El «Serment du Jeu de Paume» (Juramento del juego de la pelota), grabado de Faizan and Navellier en 1890. Sobre la Revolución Francesa.

 A partir de estos ideales, fue necesario recuperar la historia de los pueblos y otorgarle una gran importancia a esta para dar mayor credibilidad a sus reivindicaciones nacionalistas, y esto se extrapoló a otros ámbitos además de al político y social[2], por lo que si hemos de ofrecer una definición de romanticismo, podría ser esta:

“El romanticismo es un movimiento político, social, cultural, intelectual, literario y artístico, que surge en Gran Bretaña en el siglo XVIII, y que alcanza su consolidación en Alemania en el siglo XIX, como reacción al racionalismo ilustrado, el clasicismo, y al Imperio napoleónico, lo cual supuso una ruptura con todo lo anterior, un predominio del sentimiento individual frente a la razón, y el apogeo de los ideales de independencia nacional frente al Imperio.”[3]

  • Características generales del romanticismo.

Aunar todos los rasgos característicos propios de este estilo artístico, es una tarea compleja, que solo puede solucionarse ante la contemplación y el análisis de las obras identificadas como románticas. Así pues, una de las características generales más significativas del romanticismo, es la diversidad e individualismo, la libertad en la creación artística, en la que el artista romántico rechaza toda norma, y establece una ruptura con las pautas anteriores. Esto puede percibirse claramente en las particularidades de cada artista romántico, y en la comparación entre las obras de cada uno, donde resulta imposible establecer unas técnicas, o un estilo concreto del que todos los autores pudiesen servirse, como sí ocurría con estilos artísticos de otras épocas, por lo que la diferencia es, paradójicamente, lo que logra unir en un mismo estilo a los autores del romanticismo.[4] Pero si hemos de mencionar otra de las características esenciales del romanticismo, esta sería su interés por plasmar sus sentimientos; el mundo interior del artista sería manifestado en sus obras, así como sus motivaciones surgidas a través de su sensibilidad individual, y sus impulsos emocionales a la hora de crear.[5]

The Nightmare o el íncubo, de Füssli. En lo referente al estilo y la temática, los colores cálidos y la influencia barroca, el juego de luces y sombras, el uso de elementos como los seres híbridos y monstruosos, el mundo onírico y las pesadillas están representadas en esta obra suya del año 1781.

En pintura, destaca el predominio del color -como un modo de expresar y exaltar los sentimientos- frente a la estructura y a las formas definidas, y la preeminencia de los colores cálidos frente a los colores fríos, lo que no implica que estos últimos no sean utilizados, pues sí lo son en las obras paisajísticas. Por añadidura, las composiciones acostumbran a ser dinámicas, dramáticas, e incluso propias de una escena teatral, y en muchas obras se juega con las luces y las sombras, por lo que podemos identificar una clara influencia barroca. En cuanto al soporte y material, hay una tendencia al óleo sobre lienzo, pero también se hacen grabados, litografías, y se pinta en acuarela. La pincelada varía según las preferencias del autor, por lo que una obra puede poseer pinceladas libres y/o manchas de pigmento, mientras que otra puede haber sido elaborada meticulosamente. Además, los símbolos son tratados de otro modo, puesto que cada autor le otorga un valor personal, evitando las codificaciones tradicionalistas, propias del mundo académico al que rechazaban.[6]

Con respecto a la temática escogida por los autores, debemos recalcar que existe una gran variedad, dado que algunos autores prefieren los temas fantásticos y/o visionarios, mientras que otros se decantan por el paisaje, que serían los llamados paisajistas. Otra tendencia sería, como es evidente dado su marco histórico social, el compromiso con la historia y la denuncia social. Generalmente los temas se centran en el dramatismo de la escena representada: las obras de los fantásticos y visionarios suelen tratarse de pesadillas, el suicidio, la aparición de seres híbridos o monstruosos o el mundo onírico, y en ocasiones se sirven de escenas literarias. Los paisajistas, en cambio, acostumbran a representar ruinas, paisajes nocturnos, cementerios, y por lo general, se suelen interesar por los fenómenos naturales más violentos, como los torrentes, las cataratas, los volcanes, tempestades del mar, pero también por las montañas, los picos inaccesibles, las brumas sobre el agua, los lagos, etc., tal y como comentamos en esta entrada sobre el paisajista alemán Friedrich. Destaca el interés por el mundo medieval y la representación de arquitectura gótica, que para los románticos adquiriría una trascendencia simbólica, debido a su significado religioso y sus valores espirituales como contraposición al utilitarismo de Bentham, que les resultaba demasiado frívolo, pero también la representación de escenas históricas de la Edad Media. Finalmente, otros temas serían la sensibilidad de los románticos por el pasado y la nostalgia que sentían por este, el gusto por los misterios de oriente, los acontecimientos históricos de un pasado reciente y la causa de la libertad, en la que se representaban las escenas históricas más dramáticas de la lucha por la independencia, la lucha contra el tirano, o la exaltación del nacionalismo, como ya observamos en esta entrada.

Lo que une a todas estas temáticas y que nos permiten identificar a las obras como románticas, pese a sus diferencias, es precisamente el dramatismo, la sensación trágica que expresan, su evocación a los sentimientos de una mente atormentada, sentimientos desesperanzadores, de soledad, melancolía o nostalgia.[7]

  • Principales representantes del romanticismo.

Antes de sumergirnos en el romanticismo pleno, es preciso analizar en principio, a aquellos autores que se podrían reconocer como los precursores del romanticismo, ya sea por la temática utilizada en sus obras, como por reunir algunas de las principales características atribuidas al romanticismo, como por otras razones.

Los prerrománticos: Goya (1746-1828) y William Blake (1757-1827)

Claramente, Goya representa el ideal romántico, el artista que basa sus obras precisamente en su libertad creativa, rompiendo con las pautas anteriores, llevando el dramatismo a sus pinturas, e influenciando a autores posteriores en el juego de luces y sombras propio del barroco. Cabe decir, además, que Goya es un autor con sus propias particularidades fácilmente reconocibles por el espectador.

Imagen 1: Goya “El 3 de mayo en Madrid” o “Los fusilamientos” (1814) Óleo sobre lienzo 268 cm x 347 cm, Museo del Prado, Madrid

Una de sus obras más significativas dentro del llamado prerromanticismo, sería, “El 3 de Mayo” o “Los Fusilamientos”. Se trata de un óleo sobre lienzo elaborado en 1814, en el que muestra la crueldad y los desastres de la guerra; para ello, se sirve de los gestos y de las expresiones de los personajes, mostrando así un sentimiento de horror en ellos. La escena es absolutamente dramática, pues algunos personajes lloran de terror, otros rezan, y el más llamativo se encuentra con los brazos alzados en señal de rendición, todos muestran al espectador, su reacción ante la muerte que les espera. Goya muestra aquí uno de los elementos más trágicos de una guerra, y su ayuda para un mayor dramatismo es la presencia de un cadáver, y el acto en sí, representado durante la noche, jugando con luces y sombras, y utilizando colores fríos al fondo, y colores más cálidos en la escena principal, especialmente en los ropajes de los soldados.[8]

Otras de sus obras que podrían ser consideradas románticas serían “El coloso” (1812) o “Saturno devorando a sus hijos” (1823) por la forma en que Goya plasma su percepción en ellos, logrando transmitirlos al espectador.

Un autor que forma parte de los prerrománticos más importantes, es William Blake por excelencia, quien es el clásico romántico, que no solo es pintor, sino también poeta, y por ello se dedico no solo a la pintura, sino también al grabado y a la ilustración de sus propios poemas. Podemos describir a este autor como a un hombre profundamente religioso además de místico, por lo que se le consideró un artista visionario. Los historiadores del arte coinciden en describirle como un hombre muy encerrado en su propio mundo, lo que puede percibirse en sus obras, donde plasmaba su mundo interior y su clara preferencia por la imaginación propia sobre la razón, y no por retratar las escenas imitando ligeramente a la naturaleza, tal y como sí hacían otros autores, sirviéndose de esta como modelo. Blake rechazaba totalmente el arte propio de las academias, y en consecuencia, también sus normas. Le caracteriza también el seguir la línea de la pintura medieval, por lo que no mostró ningún tipo de preocupación por la representación exacta y perfecta de las figuras presentes en sus obras.[9] Sus obras más conocidas son Portada de Europa (1794) Hécate (1795), Nabucodonosor (1795) Newton (1795), y El torbellino de los amantes: Paolo y Francesca (1824-1826). Las cuatro primeras obras serían grabados mientras que la última sería una pintura en acuarela que pertenece a una serie de cien ilustraciones, inspiradas en la Divida Comedia de Dante.[10]

Imagen 2: William Blake “El torbellino de los amantes: Paolo y Francesca” (1824-1926) Acuarela 37, 4 x 32, 9 Birmingham, City Museum and Art Gallery.

Notas a pie de página:

[1] HONOUR, Hugh El romanticismo pág. 11

[2] ARTOLA, Miguel/ PÉREZ LEDESMA, Manuel Contemporánea: La historia desde 1776  págs. 39, 61, 103, 104, 105

[3]Aportación  personal.

[4] HONOUR, Hugh El romanticismo pág.14

[5] HONOUR, Hugh El romanticismo págs. 15, 16

[6] HONOUR, Hugh El romanticismo págs. 16, 18 . Las características también se han deducido en base a los rasgos identificados en las obras más emblemáticas.

[7] HONOUR, Hugh El romanticismo págs. 12, 59, 164, 165, 175, 200, 201, 202, 240, 242

[8] https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/3-de-mayo-de-1808-en-madrid-los-fusilamientos-de/f0f52ca5-546a-44c4-8da0-f3c2603340b5  (Consulta: 21-03-2016)

[9] E.H, Gombrich La historia del arte pág. 490

  RAMIREZ, Antonio El mundo contemporáneo 1997 págs 62, 63, 64

[10] HONOUR, Hugh El romanticismo págs. 300, 301, 302, 303, 316, 317,434

Imagen de fondo: Hecate, Pluma y tinta con acuarela sobre papel Medidas: 44 cm × 58 cm (17.32  × 22.83 ) en Tate Gallery, Londres.

Bibliografía:

ARTOLA, Miguel/ PÉREZ LEDESMA, Manuel Contemporánea: La historia desde 1776 Madrid Ed. Alianza 2005 562 p. ISBN: 84-206-4765-9

E.H, Gombrich La historia del arte México, Ed. Diana 15ª Ed. 1989  686 pp. ISBN: 968-13-3200-8

HONOUR, Hugh El romanticismo Madrid Ed. Alianza 1981 446 pp. ISBN: 84-206-7020-0

RAMIREZ, Antonio El mundo contemporáneo Madrid Ed. Alianza 1997 463 pp. ISBN: 84-206-9480-0

Recursos web:

Manuela B. Mena Marqués,Museo del Prado 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos de patriotas madrileños, El [Goya] https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/3-de-mayo-de-1808-en-madrid-los-fusilamientos-de/f0f52ca5-546a-44c4-8da0-f3c2603340b5   [Fecha de consulta: 30-09-2020]

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¿QUÉ ES EL MITO?

A modo introductorio, conviene subrayar que existe una controversia acerca del concepto de mito, su significación y los personajes que los protagonizan, es por ello que, pese a la carencia de un consenso entre historiadores, filólogos y mitólogos sobre esta conceptualización, se intentará dar solución a esta problemática a través de las propuestas que se encuentran en los textos de varios autores. Tras contrastar y realizar una comparativa de los textos, haciendo hincapié en aquello en lo que más incidan los autores y donde más coincidencias se den, se intentará crear la definición del mito, las razones de su existencia, y su tipología interna (tipos de personajes, verso o prosa, forma de transmisión, etc)

A medida que vamos leyendo los textos, tras una primera aproximación, podemos observar cómo todos los autores inciden en la tradición como una de las principales características que conforma el mito. Hemos de sumarle a esta posible característica el hecho que todos los autores coinciden en intentar encuadrar el mito dentro de la idea de relato, historia, narración, pero en algunos casos con ciertas matizaciones, puesto que las fábulas, sagas, leyendas o cuentos populares también parecen poseer dicha particularidad, por lo que varios autores establecen una diferencia entre los personajes propios de las leyendas, los cuentos populares, fábulas o sagas. Para García Gual los personajes de los mitos tienden a ser divinidades y personajes extraordinarios como héroes o semidioses. En el texto de Graf. F los personajes del mito pertenecen al mismo status que poseen para Gual, mientras que en las fábulas o cuentos populares suelen ser o bien animales, o bien personas comunes y anónimas, mientras que para Jan Bremmer, las sagas, que a su vez son leyendas, suelen relatar eventos extraordinarios sobre un personaje histórico excepcional, que podrían equipararse con las hagiografías medievales.

Otras formas de reconocer el mito frente a otro tipo de relatos, es que los cuentos populares y las fábulas, por ejemplo, tienen un efecto moralizante, es decir, de ellas se puede extraer una lección vital que es necesario aprender, pero en estas pequeñas historias no hay un ápice de veracidad, son meras invenciones. El mito, según Gual, Jan Bremmer y Graf. F, tienen una fundamentación histórica revestida de magna simbología, cuya línea argumental tiene como principal objetivo la justificación de reinos o imperios (un ejemplo de esto sería La Eneida), ayuda a comprender el orden mundial, y explica los fenómenos de la naturaleza (tal y como lo hace el mito de Hades y Perséfone). En cuanto a la forma de transmisión, Gual y Clark. M coinciden en que para que una historia sea transformada en un mito, este debe transmitirse oralmente durante un número elevado de generaciones, y Clark matiza que los mitos tienen a adquirir varias versiones, es decir, el relato original sufre una serie de variaciones con el paso del tiempo, con la que pueden jugar varios autores. Es destacable también, que en un principio, estos mitos parecían ser creaciones de los poetas, por lo que generalmente se encontraban en verso, pese a que hoy en día, podemos encontrarnos con La Ilíada y la Odisea en prosa, tal y como tendían a ser escritas o transmitidas oralmente las fábulas, leyendas y cuentos populares.

Así pues, y tras comparar y contrastar los postulados que cada autor parece defender en los textos, podemos definir el mito como una narración, historia o relato, principalmente en verso y basado en una fundamentación veraz, seria, histórica, y protagonizado por divinidades, semidioses, héroes y seres sobrenaturales (que probablemente fuesen hombres de carne y hueso mitificados con el tiempo por su excelencia o cualidades extraordinarias), cuyo objetivo es el de justificar tanto las fundaciones de reinos como de imperios, explicar el orden natural de las cosas y explicar los fenómenos de la naturaleza que no podían por aquel entonces ser explicados por la ciencia, otorgar identidad a una población, ofrecer valores paradigmáticos con determinados personajes como ejemplo o incluso educar a los individuos. Finalmente, conviene recalcar que el mito tiene una conexión directa con la tradición y los ritos religiosos.

BIBLIOGRAFÍA:

BREMMER, Jan (Ed)., Interpretations of Greek Mythology London: Ed. Routledge, 2015

GARCÍA GUAL, Carlos., Introducción a la mitología griega Madrid: Ed. Alianza Editorial, 2015

GRAF, Fritz., Il mito in Grecia München Zurich: Ed. Laterza, 2007

MATTHEW Clark., Exploring Greek Myth Chicester, United Kingdom: Ed. John Wiley and Sons Ltd (Wiley-Blackwel como sello editorial), 2012


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Las presas durante el franquismo

     En primer lugar, cuando hablamos de prisiones, hemos de tener en cuenta que estas acostumbran a ser un espacio e instrumento de represión, y en este caso las presas, eran presas políticas. La violencia que tuvo lugar en estos espacios es inconmensurable, pues padecieron una opresión dividida en tres ejes, es decir, opresión como presas, estatus político del que fueron despojadas para su mayor deshumanización; opresión en tanto que mujeres, y opresión debido a sus ideales políticos. Los motivos por los que se encarcelaba a estas mujeres eran diversos; podían ser encarceladas adquiriendo el valor de rehenes por ser familiares de hombres perseguidos; por su activa participación en tareas de retaguardia, o bien por sus afiliaciones a organizaciones sindicales u organizaciones políticas de izquierdas.[1]

Responsabilidad subsidiaria: presas en tanto que hijas, esposas, madres o abuelas de los hombres. Prisión de Segovia, sin fecha. Foto: Biblioteca de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias. Del artículo:

Vegueta. Anuario de la Facultad de Geografía e Historia 19, 2019, 285-306 eISSN: 2341-1112
Mujeres en las cárceles franquistas: la práctica de la escritura y lectura en la obra de Tomasa Cuevas y Juana Doña
Women in Franco’s Prisons: The Practice of Reading and Writing in the Work of Tomasa Cuevas and Juana Doña
Alexandra Macsutovici Ignat
Universidad de Alcalá

Las represaliadas eran condenadas, pues, por delitos de guerra y de posguerra, apoyo a la rebelión y desafecto al régimen. Fueron culpadas tanto de sus propias acciones como de las acciones de sus hijos y maridos y patologizadas por científicos del franquismo como trastornadas por una patología psicosocial, presentada así la ciencia como una herramienta legitimadora de los discursos de poder y deshumanización del adversario, justificando la idea de su inferioridad y degeneración moral. Esta deshumanización se traducía en torturas como las citadas en en el post anterior, violencia, abuso sexual, y violaciones; dichas violaciones no eran fruto del deseo sexual, sino de la consecuente deshumanización de las presas, la consolidación de su estatus como prostitutas, dominación, y advertencia a las demás presas. Se trata de un acto de humillación y sadismo, de poder y control sobre los cuerpos de las mujeres.

      Por otra parte, dentro de las cárceles recibieron una instrucción destinada a impregnarlas de feminidad, y los trabajos a los que eran obligadas en prisión eran la costura, la limpieza, la religión, y, en definitiva, un modo de reformar a estas rebeldes, que, en ocasiones, propagaron focos de resistencia, huelgas de hambre, y tejieron redes de solidaridad entre ellas y junto con las mujeres rojas del exterior, pues las militantes encarceladas se mantuvieron en contacto con las organizaciones políticas a las que pertenecían, y por tanto, recibían ayudas para su formación e información en su ideología. En las cárceles en las que había pocas mujeres presas estos focos de resistencia eran mucho más complejos de realizar, y una medida de represión para evitarlos era trasladar a las presas de unas cárceles a otras de modo que no les diese tiempo a organizarse. Pero no debemos idealizar esta situación, pues quienes recibían verdaderas ayudas eran los presos, por lo que es evidente que se dio una asimetría de género en cuanto a la consideración de los presidiarios en el exterior.

      Las condiciones en las que vivían eran realmente pésimas, pues la falta de higiene era considerable, y la salud de las presas se resentía dada la mala nutrición y la expansión de enfermedades infecto-contagiosas. Conviene subrayar, además, que sumado a las constantes torturas y a la violencia sexual a la que estaban sometidas estas mujeres en los módulos carcelarios femeninos por el personal masculino del sistema penitenciario, muchas de estas mujeres daban a luz allí mismo, y muchos de sus hijos, o bien les eran robados, o vivían en las prisiones junto a sus madres, y dadas las condiciones ya descritas, no es de extrañar que la mortalidad infantil se disparase.[2] Esto, desde luego, es una clara muestra del doble rasero del franquismo, que castigando a las presas que eran madres, castigaba a sus propios hijos haciendo vivir a bebés y niños pequeños en unas condiciones de vida lamentables, aun cuando el propio régimen alardeaba de cuidar de los infantes y de la necesaria salud de las madres.


[1]NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista, Pág. 60

[2] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista op. cit., págs Pág. 37-50 y 59

Bibliografía:

NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista Ed. Comares S.L Granada, 2013.

Otras fuentes:

MARTÍNEZ TEN, C., GUTIÉRREZ LÓPEZ, P., GONZÁLEZ RUIZ, P (ed): El movimiento feminista en España en los años 70. Ed. Cátedra, 2009

NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista Ed. Comares S.L Granada, 2013.

NIELFA CRISTÓBAL, G (ed.): Mujeres y hombres en la España franquista: sociedad, economía, política, cultura; Ed. Complutense, Madrid, 2003.

RITCHMOND, K: Las mujeres en el fascismo español. La sección femenina de la Falange 1934-1959; Alianza, Madrid, 2004.

ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo Ed Intervención Cultural, Palma de Mallorca, 1994.

Relación bibliográfica:

Las mujeres en la dictadura franquista.

CUEVAS, Tomasa Presas: Mujeres en las cárceles franquistas Barcelona, Ed. Icaria 2005 174pp. ISBN: 84-7426-830-3

DOMÍNGUEZ PRATZS, Pilar De ciudadanas a exiliadas: un estudio sobre las republicanas españolas en México. Madrid, Ed. Cinca 2009  310 pp. ISBN: 978-84-96889-38-5

NIELFA CRISTÓBAL, Gloria Mujeres y hombres en la España franquista : sociedad, economía, política, cultura Madrid Ed. Complutense 2003 pp. 303 ISBN: 84-7491-745-X

RICHMOND, Kathleen Las mujeres en el fascismo español la Sección Femenina de la Falange, 1934-1959 Madrid, Alianza Editorial 2004,  277pp. ISBN: 84-206-4702-0

STANLEY, G, Payne El régimen de Franco: 1936-1975 Madrid Alianza Editorial 1987 pp.682 ISBN: 84-206-9553-X

Las mujeres en la transición democrática.

AGUADO, Ana Las mujeres entre la historia y la sociedad contemporánea Valencia Ed. Consellería de benestar social, 1999 236pp. ISBN: 84-482-2171-0

BARDAVÍO, Joaquín Crónica de la Transición, 1973-1978 Barcelona Ediciones B, 2009 558pp. ISBN: 9788466641401

NASH, Mary Mujeres en el mundo: historia, retos y movimientos Madrid, Alianza Editorial, 2012 376 pp. ISBN: 9788420609164

PÉREZ GARZÓN, Juan Historia del feminismo Madrid, Ed. Los libros de la catarata, 2012 255pp. ISBN: 978-84-8319-658-8

SÁNCHEZ NAVARRO, Ángel. J La transición española en sus documentos Madrid Ed. Boletín oficial del Estado 1998  661pp. ISBN: 84-340-1053-4

TUSEL, Javier Dictadura franquista y democracia, 1939-2004 Barcelona Ed. Crítica 2005  481pp. ISBN: 84-8432-622-5


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Pintura romántica francesa: Eugène Delacroix (1798-1863) Jean-Louis André Théodore Géricault (1791-1824)

Los dos máximos exponentes de la pintura romántica francesa, son, por excelencia, Delacroix y Gericault, que destacan especialmente por recurrir a la temática histórica o heroica.

Delacroix nació a finales de la Revolución Francesa, y por ello, ya desde niño, conoció de primera mano los sucesos acontecidos durante el Imperio Napoleónico, lo que se puede entrever claramente en sus cuadros. Sus viajes le llevaron a poseer un estilo y unas técnicas concretas, así pues, en su visita a Inglaterra, extrae la técnica de los extraordinarios pintores ingleses a partir de una exposición que tuvo lugar en el año 1824.

Eugène Delacroix, fotografía de Pierre petit.

A su viaje a Marruecos le debe su interés por los misterios de oriente y la luz y el color utilizados por los orientales, ya que se quedó maravillado ante los palacios y los mercados de dicho país, especialmente por la ornamentación tan brillante y colorida de estos lugares.[1] Los historiadores del arte, coinciden en describirlo como un hombre de carácter complejo, que rechazaba las normas artísticas academicistas y la imitación del arte clásico, mostrando una clara preferencia por lo oriental; además de esto, en la pintura, para él debía predominar el color sobre el dibujo, y la imaginación sobre la razón. Dadas estas características de su pintura, y a través de la observación de sus obras, podemos deducir que no tiene un especial interés por los contornos ni por mostrar una anatomía perfecta, tal y como sí hacían los autores cuyas preferencias eran imitar el modelo clásico.[2] Parece que los verdaderos objetivos de Delacroix son los de mostrar al espectador un instante, un momento trágico lleno de movimiento. Pese a que Delacroix no recibía de buen grado el apodo de pintor rebelde por su rechazo a la academia y su pintura innovadora, este alias se lo debe al poeta y también crítico del arte Charles Baudelaire, cuyas críticas hacia sus obras fueron notablemente positivas.


Eugène Delacroix “La libertad guiando al pueblo” (1830) Museo de Louvre, París. (Explicada abajo)

Las obras más importantes de Delacroix son, sin duda, “Masacre de Quíos” (1824) “La muerte de Sardanápalo” (1827-1828) y “Caballería árabe a la carga” (1832) donde nos muestra su gusto por lo árabe u oriental, y se percibe ese colorido llamativo frente al dibujo, y la captura del movimiento y la teatralidad del instante representado.

«La muerte de Sardanápalo» de
Eugène Delacroix, 1827 Museo del Louvre, París.

Pero sus obra más emblemática es “La libertad guiando al pueblo” (1830) que representa la escena de los hechos revolucionarios y en cuyo centro está presente una figura femenina que los historiadores del arte han coincidido en describir como una alegoría a la famosa Victoria de Samotracia, que para Delacroix encanaría la idea de libertad.[3] En este cuadro también se puede percibir la presencia de bruma o humo, el predominio de colores cálidos y oscuros, la preferencia del color frente a los perfectos contornos de las figuras allí representadas, y también el horror de los sucesos violentos en las expresiones casi teatrales de algunas de las siluetas del cuadro y la presencia de cadáveres en este.

Retrato de Théodore Géricault por Alexandre Colin, 1816.

Géricault, por su parte, nació en el tercer año de la Revolución, y creció y se desarrolló en el contexto social e histórico-político del Imperio Napoleónico y la Restauración Borbónica, en sus momentos de mayor inestabilidad. Esto, por supuesto, afectará considerablemente a Géricault y a su forma de proceder en cuanto a la creación de sus obras, y preferencias técnicas, temáticas y estilísticas. Si observamos sus obras, podemos percibir su preferencia por el color frente a las líneas y los contornos exactos, tal y como ya hemos visto con Delacroix. Su pintura también se caracteriza por no tener cabida el reposo, donde las figuras presentes en sus cuadros están siempre en movimiento y la tensión del instante o escena representada. Le interesa el dinamismo, la fuerza y violencia del movimiento, y está fuertemente influido por el dramatismo propio de la pintura barroca, característica propia del romanticismo y que resulta extraña no percibir en alguno de los autores de este estilo artístico.

Géricault no muestra ningún interés por los modelos y normas clásicas, y por lo tanto, hace especial hincapié en la expresividad; pero si hay algo que le caracteriza realmente y que lo convierte en un autor único, es sin duda su interés por representar lo real, y que más adelante veremos que sirve de influencia para el realismo de autores como Courbet o Daumier, pues en su caso, se limita a observar el mundo real y representarlo como tal, sin mediación de modelos pictóricos anteriores. Tanto es así, que una de sus obras “Escena Londinense: Piedad para las desdichas de un pobre viejo” (1821) muestra con un realismo incipiente las desgracias causadas por la industrialización que imperaban en su época, tales como la pobreza y la miseria propia de las ciudades, y problemas como la dureza del trabajo del explotado y el acoholismo, sirviéndiose para ello de lo visto y vivido en su viaje a Londres.[3] Pero esto no es todo, pues para su obra más relevante, “La balsa de la Medusa” (1819) realizó entrevistas a los supervivientes, y acumuló todos los datos posibles sobre el naufragio, e incluso viajó a las costas normandas para observar y estudiar el movimiento del mar, y poder retratar la escena con realismo, además de realizar observaciones y dibujar bocetos de cadáveres en los hospitales para comprender cómo afecta la enfermedad y la muerte a la anatomía humana; entre estos bocetos, destaca “Miembros amputados” (1818).

Retrato por Gericault de dos ejecutados .

La balsa de la Medusa retrata los sucesos acontecidos el día 2 de julio del año 1816, en el que una barca denominada por los franceses La Méduse se encalló en las costas africanas, y los oficiales superiores se hicieron con los botes salvavidas, dejando atrás al resto de la tripulación. El momento que se muestra en el cuadro es en el que los supervivientes del naufragio avistan un navío a lo lejos, y le hacen señales con la esperanza de ser vistos.[4] La escena es una composición piramidal inestable que crea una dispersión de fuerzas, en la que destaca el personaje que agita violentamente lo que parece un pañuelo te tela; en el centro  se encuentran más supervivientes con expresiones trágicas y en tensión, rodeados de cadáveres; mientras, al fondo se ve un mar bravo. Hay un inmenso colorido y predominan los colores cálidos y los tonos oscuros, rasgos propios de la pintura romántica francesa.

Théodore Géricault “La balsa de la Medusa” (1819) Óleo sobre lienzo 491 x 716 Museo de Louvre, París.


[1]  RAMIREZ, Antonio El mundo contemporáneo Madrid Ed. Alianza 1997 Págs. 75, 76, 77

[2] HONOUR, Hugh El romanticismo Madrid Ed. Alianza 1981

[3] ANGULO ÍÑIGUEZ , Diego Historia del arte, Tomo II págs. 441, 442

[4] E.H, Gombrich La historia del arte México, págs. 504, 506

BIBLIOGRAFÍA:

ANGULO ÍÑIGUEZ, Diego Historia del arte, Tomo II Madrid, Ed. S.N, 1984 485 pp. ISBN: 84-400-8645-8

E.H, Gombrich La historia del arte México, Ed. Diana 15ª Ed. 1989  686 pp. ISBN: 968-13-3200-8

HONOUR, Hugh El romanticismo Madrid Ed. Alianza 1981 446 pp. ISBN: 84-206-7020-0

RAMIREZ, Antonio El mundo contemporáneo Madrid Ed. Alianza 1997 463 pp. ISBN: 84-206-9480-0


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Las rojas durante el franquismo: Una historia de represión y violencia

En contraposición a la Sección Femenina de la Falange, las mujeres denominadas peyorativamente por el franquismo como rojas, poseían un perfil y una ideología situados en el polo opuesto al de la SF. Estas mujeres, que fueron perseguidas por el régimen, solían tener inclinaciones hacia la izquierda política, eran militantes de partidos y sindicatos clandestinos, simpatizantes de la república, socialistas, comunistas o anarquistas, e incluso muchas de ellas adquirían tal denominación al ser familiares de vencidos o tener relaciones de parentesco o sentimentales con hombres de la izquierda. Esto último, de hecho, llevó a la “concepción familiar de delito”, en la que una de estas mujeres podía ser juzgada por el tribunal franquista por el mero hecho de ser familiar de vencidos y/o opositores del régimen franquista, lo cual no ocurrió en viceversa.[1]

Mujeres anarquistas de la organización Mujeres Libres/CGT

Estas mujeres experimentaron una gran represión y la violencia ejercida contra ellas fue absolutamente bárbara. Al margen de sus ideas políticas su perfil cívico era totalmente heterogéneo y entre las procesadas por el tribunal franquista desde los comienzos y a finales del régimen, figuran estudiantes, trabajadoras, obreras, integrantes de asociaciones culturales o vecinales, e incluso mujeres de clase media.[2] Sus delitos, además de su perfil político, eran, generalmente, tener vínculos con el PCE; acusaciones de repartir propaganda comunista; haber participado en actividades guerrilleras o por haber ocultado a familiares, vecinos o compañeros sentimentales en sus casas durante la Guerra Civil, entre otros motivos de diversa índole.

Mujeres obreras contra el régimen franquista

Las torturas recibidas fueron de tipo social, físicas y psicológicas, pues esta consistió en golpearles las plantas de los pies con porras de goma; recibían golpes con varillas de acero; palizas delante de sus familiares más jóvenes; sus cabellos eran arrancados a tiras; golpes en la mandíbula con la finalidad de provocar un perjuicio en su dentadura; obligada ingestión de aceite de ricino; quemaduras en los pechos; pisotones en los pies con zapatos claveteados; retorcimiento de las extremidades; aplicación de descargas eléctricas, o cortes en el vientre, al que le aplicaban sal y vinagre, para posteriormente obligarlas a caminar a base de latigazos con la finalidad de divertir a los falangistas.[3] Esta situación tenía lugar en las breves detenciones y su objetivo era el de conseguir información de los perseguidos y de las organizaciones políticas clandestinas.

El famoso aceite de ricino al que obligaron ingerir a las mujeres contra el franquismo

En cuanto a la represión y violencia psicológica, esta consistió en el ostracismo social a las rojas; el rapado con paseo obligado ante el pueblo incluido, para mayor escarnio; las divorciadas durante la república fueron obligadas a regresar con sus maridos durante la dictadura; muchas jóvenes fueron forzadas a asistir a homenajes de soldados; otras fueron obligadas a limpiar Iglesias dada su condición de ateas, además de la limpieza del cuartel de la guardia civil por su condición antibelicista o su antiautoritarismo, especialmente el de las anarquistas, etc. [4]Sin embargo, uno de los tipos de violencia más ejercido sobre estas mujeres fue el que poseía tanto el componente físico como psicológico, es decir; la violencia sexual.

Mujeres republicanas y represaliadas por el franquismo, las cuales fueron rapadas y obligadas a posar realizando el saludo fascista

Está constatado bajo testimonios de las mujeres que sufrieron las consecuencias del franquismo en sus propias carnes, que los oficiales de las cárceles abusaban sexualmente de las mujeres de los presos prometiéndoles a cambio de servicios sexuales una serie de favores que proporcionarían ayuda a sus maridos, favores que, por supuesto, nunca se cumplían. En otras ocasiones eran forzadas a prostituirse para poder entregar paquetes de comida a sus maridos presos, e incluso de no someterse a tales abusos, no podrían visitar a sus compañeros.[5] Además, dada la poca inserción de las mujeres en el mundo laboral, y la precariedad económica de la posguerra, muchas de estas mujeres, dedicadas al hurto y a la mendicidad, se vieron obligadas a ejercer la prostitución. Estas prácticas, de hecho, estaban vistas por el franquismo como un mal menor y una necesidad fisiológica del varón, promoviendo con ello dos peligrosas y denigrantes ideas: en primer lugar, que las mujeres eran objetos sexuales al servicio de los hombres, y en segunda instancia, que todas las rojas eran prostitutas. A mediados de la década de los 50, la prostitución se ejerció clandestinamente porque fue prohibida, pero dicha actividad no cesó.[6] Tampoco la sanción moral a las mujeres, tal y como ocurrió con las maestras.

Prostitutas en la Valencia franquista. Fotografías de Joaquín Collado.

El magisterio primario sufrió una depuración abrumadora. La figura de las maestras (y de los maestros), anteriormente considerada un gran agente de socialización que incrementaría y mejoraría la capacidad del alumnado, pasó a ser considerada una figura de control social y adoctrinamiento, por tanto, las maestras que quisieran conservar su puesto, debían prolongar su rol como madres y extrapolarlo a la escuela con sus alumnas, adoctrinándolas en su futura vida destinada al hogar y a la maternidad. Esto significa que las niñas y las muchachas serían adoctrinadas en valores religiosos, patriotas, patriarcales y androcéntricos, a través de los cuales interiorizarían la idea de que la mujer debe estar supeditada al varón dada su supuesta inferioridad física e intelectual. Como es evidente, se estableció una clara división en cuanto a la socialización según el género asignado en base a los genitales de cada sujeto, lo que favorecía una mayor separación entre hombres y mujeres, y alimentaba el patriarcado institucionalizado traducido en las escuelas segregadas por sexo. Las maestras depuradas, en consecuencia, fueron todas aquellas consideradas transgresoras por  adoptar el rol activo en la vida social y política. Se las acusaba de ser contrarias a la Iglesia Católica, de practicar el amor libre, de estar solteras de mantener un matrimonio civil, de no vivir con sus esposos e hijos, de ser rojas, y en definitiva, de transmitir a sus alumnas una conducta moral reprobable a los ojos de la dictadura.[7] Si bien es cierto que también se depuró a muchos maestros, el porcentaje de maestras depuradas es mucho más amplio y ellas fueron sometidas a mayor escarnio.

Una maestra durante la República junto a sus alumnos antes de la depuración franquista del magisterio español, depuración especialmente femenina

[1] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista Ed. Comares S.L Granada, 2013. pág. 13

[2] Ibídem pág. 14

[3] ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo págs. 40-43

[4] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista op. cit., págs. 4 y 31

[5] ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo pág. 126

[6] NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista op. cit., págs. 18 y 19

[7] Ibidem págs. 63-69

Bibliografía:

NASH, M (ed) Represión, resistencias, memoria: Las mujeres bajo la dictadura franquista Ed. Comares S.L Granada, 2013.

ROMEU ALFARO, F El silencio roto: Mujeres contra el franquismo Ed Intervención Cultural, Palma de Mallorca, 1994.


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